jueves, 14 de enero de 2010

Desde el otro lado. Entrada XVIII

Las cosas se están poniendo muy chungas en todos los sitios con los que tengo contacto. No sólo yo tengo problemas, sino que todo el mundo los tiene, a juzgar por las noticias que recibo y que voy captando.

Al final he decidido no salir y aguantar aquí un par de días más con lo que tengo. He pasado un poco de frío, pero he encontrado unos cuantos quehaceres para paliar los temblores que tengo por culpa de los aires que entran por las grietas del refugio.

Como os dije, el cadáver de aquel malnacido que enterré en el piso de al lado, comenzó a descomponerse bajo la tierra del patio, y su olor subía hacia las pisos superiores, y de alguna manera, las aves lo han detectado y estaban locas de contentas por echarle el pico. Pues bien. He desenterrado el cuerpo, y con una cuerda alrededor de la antena de mi casa lo he subido hasta el tejado, y lo he tirado en el patio de la casa del vecino. Total, no creo que nadie se queje de los malos olores. A través de mi fachada, he bajado a su patio, y lo he vuelto a enterrar A ver si ahora hay suerte y no tengo que levantarme para espantar cuervos como todas estas madrugadas. Qué bichos más escandalosos, no se cansan de graznar...

Esta mañana he amanecido con dos nuevos mensajes en mi "contestador automático" improvisado. Los dos son de viejos compañeros de correrías radiofónicas, y ninguno de los dos relata nada bueno. Os dejo con ellos. Primero con David, emitiendo desde Suiza, y luego con Larmdh, desde Argentina:

Quisiera creer que sigues ahí y que escuchas lo que te digo, que estás sentado ante tu radio oyendo mensajes sin parar y devolviéndolos a la inmensidad del mundo para que otros los escuchemos. Quisiera creer que nada de esto ha pasado y que en cualquier momento me despertará mi hija saltando sobre la cama en la que estoy abrazado a mi mujer.

Quisiera creer tantas cosas, que solo he conseguido dejar de creer.

La expedición de la otra noche solo sirvió para aumentar mi dolor y mis ansias de sangre, pues nada de lo que allí abajo ví podrá salir jamás de mi alma. ¿Por qué el hombre se empeña en generar miedo y dolor sobre aquellos que se le suponen semejantes?, ¿Por qué lo permite?.

Hoy han vuelto los bombardeos sobre Zermatt. Han durado poco y han servido para destrozar lo poco que quedaba en pie y anegar los posibles refugios de la ciudad. Después vino el silencio. Luego aparecieron las vacas. Un poco de vida en esta muerte.

No podía cometer ningún error o sería descubierto. Había preparado bien la expedición, mejor que las otras veces, pues podría llegar a salvar a alguien. Vestido con ropa del ejército que encontré en el bunquer, dos linternas, mi escopeta y unos útiles de salvamento, recorrí el pasadizo que unía mi refugio con la casa del enterrador en el viejo cementerio. Aparté el mueble que hacía las veces de puerta, que resultó ser un arcón, y salí al sótano de aquella casa. En ella no podrían estar, pues las paredes están destrozadas y hubiesen muerto congelados la primera noche. Llegué a la puerta y caminé por el cementerio, cuidándome de no dejar huellas pisando sobre la tierra movida o sobre lápidas caídas o cualquier resto de otra presencia que no fuera la mía, y desde la puerta contemplé las ruinas de la ciudad decidiendo hacia donde caminar.

La solución fue fácil.

"Los repobladores" son ocho y cada uno necesita espacio para él y su ego, lo que implica un lugar cuanto menos, amplio. Necesitaban un sitio donde llevar a su prisionera sin que el escándalo que pudiese armar se oyera en toda la montaña y, por último, la presencia de un fuego que les calentase no podía hacer que el humo les ahogase. Por lo tanto, estaban en el albergue.

Este conjunto de cuatro edificios de piedra maciza estaba, como el resto del pueblo, derruido, pero la modernidad había hecho que la fundación para la que fue creada hiciese que el complejo creciera hacia abajo. Tres plantas subterráneas podrían servir perfectamente de refugio para aquellos salvajes.

Usando el surco creado por el devenir de los animales, me aproximé hasta las puertas de aquel sitio. Como todo allí, estaba abierta. Entré sin hacer ruido y evité dejar huellas húmedas quitándome las botas. Enseguida el frío atenazó mis pies pero no me detuve. El susurro de las llamas venía de abajo y un rojizo resplandor lo corroboraba. Me asomé por encima de la barandilla y pude ver los bultos que dormían alrededor del fuego. No soy militar, ni hice la mili, pero que siempre hay alguien vigilando lo sabe todo el mundo. Desheché la idea de bajar por esa escalera y busqué otro modo. Atravesé el pasillo y entré en lo que parecía un comedor, pues tenía más pinta de campo de batalla. Al fondo ví un montacargas pero era demasiado pequeño para mí. Llegué hasta la puerta que daba a la cocina y encontré otra escalera. Lentamente bajé por ella, con mi escopeta delante de mi y dispuesta a defenderme. Al llegar a la altura del piso, asomé la cabeza.

Siete cuerpos dormían alrededor del fuego mientras un octavo permanecía sentado en un sofá a los pies de la escalera en la que estaba yo. Se me cortó la respiración y solo pude mirar hacia lo que había encima del fuego. Una muchacha atada por las muñecas colgaba desnuda sobre las llamas casi extinguidas de la hoguera, ensangrentada, asada y muerta. El horror cobró forma en mi interior y se fue abriendo paso a machetazos en mis entrañas. Ira, dolor, repulsión, odio. Todo afloró al mismo tiempo y mi razón no hizo nada por impedirlo.

No sé cómo llegué al refugio ni cómo no dejé huellas para que me encontraran. Solo sé que han pasado cuatro días desde aquella expedición y "Los repobladores" andan buscando al asesino de su amigo.

Imagenes acuden a mi y veo un cuchillo que sale de algún sitio oculto en mis pantalones. Oigo un sigilo inhumano y el ruido de un filo al cortar un cuello. Sangre a borbotones y regurgitar de una garganta hasta caer muerta.

Veo mis manos cogiendo las botas de la puerta, cerrando la entrada del pasadizo y regresando a mi refugio. Oigo silencio hasta que sale el sol y después el caos.

No puedo explicar lo que no puedo comprender y no comprendo como pasó. Solo sé que he matado a uno y que los otros andan desorientados porque no me han encontrado. Aunque parezca extraño me siento bien.

Permaneceré oculto hasta que se cansen de buscar e intentaré hacer el menor ruido posible para no delatarme, lo que significa que durante un tiempo deberé apagar la radio y cortar la cominucación. Espero que estés cuando regrese, si es que regreso.

David.


Mal asunto. Otro que acaba de matar a su primera víctima. No es agradable mirarse las manos y verlas empapadas en sangre, sobre todo cuando no es tuya. Pero es algo que vas a tener que aprender a hacer, y cada vez con mas asiduidad. Ánimo amigo, que ya sabes que no estás solo.

De nuevo el tema del canibalismo. ¿Por qué a todos los humanos con falta de cordura, se dedican ahora a comerse unos a los otros? No sería mas fácil cultivar un huerto, cazar un par devacas o de cerdos de los que están por ahí sueltos, y alimentarse como siempre lo hemos hecho?

Da igual, supongo que aun pienso como una persona cuerda, y está claro, que esos no lo están.

Ahora os dejo con mi amigo de la Argentina:

Hola José. Estoy enviando este mensaje a mi refugio, mis compañeros lo están grabando para enviártelo y se están enterando de las noticias. Cuando lo escuches, creo necesario que avises a otros del peligro que corren:

De las 8 personas que paramos a pasar la noche en la hacienda que te conté en el anterior mensaje, solo sobreviví yo.

Voy a tratar de recordar los detalles y contarte lo mejor posible lo que pasó esa noche, esa maldita noche que decidimos pasar en la casa, creyendo que estariamos seguros.

Lo que vimos en esa casa fue muy duro, especialmente para mi. Pocos de nosotros pudimos comer algo. Yo tomé unos mates para tener algo en el estómago, pero no podiamos sacar de nuestras mentes lo que pasó con los ocupantes de la casa, personas que conocíamos, personas trabajadoras y honradas. Apenas teníamos ganas de hablar, por eso, despues de cavar una fosa y tirar los restos alli, buscamos cada cual un lugar de la casa para estar solos y tratar de asimilar la situación.

Al cazador lo dejamos en el galpón donde guardaban las maquinas y herramientas, atado con una soga en un baño de tal forma que pudiera hacer sus necesidades pero no llegara a la puerta. Yo me fuí con mi equipo de mate para pasar el rato antes de dormir. Cuando por fin el sueño me venció, comenzaron las pesadillas, o mejor dicho, La Pesadilla.

Un sonido extraño me despertó, un sonido como el de alguien masticando chicle a toda velocidad . El sonido parecía venir del cuarto contiguo, donde dormía mi compañero. Lentamente abrí la puerta que comunicaba mi cuarto con el de él, pero en plena oscuridad no veía nada. Traté de entender qué era ese sonido, pero no pude identificarlo. En ese momento, que serían como las tres de la mañana, un resplandor intermitente, como de un fuego, comenzó a iluminar el cuarto.

A mi compañero lo estaban comiendo las ratas. Unas ratas enormes, unas cinco o seis, imbuidas de un frenesí carnívoro tan brutal, que ya habían dado cuenta de varias partes de mi colega.

Todavía sin salir de mi espanto, veo cómo el resplandor que iluminaba el cuarto, proyectaba algunas sombras en movimiento fuera de la casa, como sombras de personas. Abrí la puerta que daba al pasillo que comunicaba las habitaciones con un comedor, todavía en penumbras porque no me animaba a encender ni un fósforo para no llamar la atención, no sé si me entendés.

Fuí a buscar al resto de el grupo, pero no estaban en los cuartos a los que fueron a dormir. Cuando regresaba al mío, alguien se lanzó sobre mi, pero pude darle un buen codazo en la mandibula y cayó dormido al piso. No me quedé a ver quien era. Salí corriendo en dirección a la cocina, ya que allí estaba la salida al fondo de la casa. Ya fuera, corrí sin parar hasta el galpón, y busqué algo con lo que defenderme.

¡Evidentemente nos atacaban!

Fuí al baño para cerciorarme del estado de el prisionero, pero ya no estaba. La soga estaba destrozada. ¡Era algo increíble! Salí del baño y busqué algo que sirviera como arma. Parece que el fuego crecía y proveía buena iluminación, hasta que por fin encontré sobre un banco de trabajo, un machete de unos sesenta centímetros.

Abrí lentamente la puerta del galpón que da hacia la casa, intentando ver quienes eran los atacantes. Me encontré de frente con el cazador.

Su rostro estaba blanco y sus ojos desorbitados me miraban con con tal fuerza que me quedé paralizado. Su boca babeaba y balbuceaba cosas inentendibles. Se lanzó sobre mi con fuerza inusitada e instintivamente lo rechacé con un machetazo que le cortó de cuajo la mano. Como si nada, arremetió con furia intentando atraparme, gritando como un animal. Corrí alrededor del tractor para evadirlo y poder alcanzar de nuevo la puerta, y cuando lo hice, corrí de nuevo hacia la casa, pero en el camino encontré al resto del grupo...sobre la reja que sirvió de parrilla para los anteriores habitantes de la casa. Los habian hecho pedazos, mordisqueado la carne, y habían sido arrojados al fuego como en una especie de ritual dantesco.

Los segundos que estuve mirando como hipnotizado el horrible panorama, casi me cuestan la vida, ya que el cazador comenzó a lanzarme con su mano sana una andanada de grandes piedras. Varias golpearon mi cabeza y me causaron algunos cortes. La sangre corrió sobre mi cara y casi me nubla la visión. Entré a la casa y me escondí tras la heladera, cerca de la puerta, esperando que entrase el maldito loco para terminar con la locura que había causado. Entró como una tromba, pero inmediatamente hundí el machete en su cabeza. Se quedó parado unos segundos, como en shock. Yo esperaba que cayera en cualquier momento ¡Pero comenzó a gritar y a tratar de atraparme! Le tiré con lo que tenía a mano, le dí con una silla en el lomo, con la bifera por la cabeza, con los cajones llenos de cuchillos, hasta que tropezó y cayó. Le pisé la espalda mientras se retorcía como loco, tomé el machete y lo arranqué de su cabeza y se la corté de varios machetazos, hasta que por fin se detuvo.

Estuve como 10 minutos recuperando el aire, tratando de entender qué le pasó al tipo. Tuve que dejar la casa porque el humo me ahogaba, y fui de nuevo a revisar el baño donde estuvo encerrado el maldito loco. Iluminé el lugar con una antorcha improvisada, y noté que un gabinete o caja empotrada en la pared estaba semiabierta. La abrí, y estaba ocupada de frascos de medicamentos, analgésicos y esas cosas, y tambien un bote semivacío de clembuterol, un estimulante para caballos de carreras. Me imagino que el cazador buscaba colocarse con algo, y lo que tomó lo enloqueció.

El fuego que comenzó el tarado ya había ganado parte de la casa, así que me imagino que ya debe ser polvo y cenizas. Caminé el resto de la madrugada y la mañana hasta la casa donde nos esperaban, y alli curaron mis heridas en la cabeza.

Tené cuidado vos también, José, y avisá a otros que se cuiden. Pueden terminar en el estomago de alguien más.


Madre mía. La advertencia del final de su reporte, parece sacada de una novela de Ciencia Ficción, o de un programa de Iker Jiménez. Los que seáis españoles sabréis a quien me refiero. ¿Qué habrá sido de aquel personaje? A mi me encantaba. Me pasaba las horas escuchando sus relatos mientras explicaba de una manera muy gráfica cada uno de los detalles que tenían que ver con el caso que tuvieran en liza ese día en el programa. El problema es que lo daban en la radio a unas horas muy altas en la madrugada, y mis ojos vencían a mi entusiasmo. Por esa época existían los podcast, y gracias a ellos, aun tengo almacenados cerca de ciento cincuenta o doscientas horas de programas. Quizá esta noche me las vuelva a poner al acostarme.

Como véis, en Argentina ocurre el mismo problema que en algunos lugares de mundo, entre ellos España y Suiza. No sé por qué será, pero algo raro se esconde detrás de estos comportamientos. No puede ser normal, que en diversos lugares, a miles de kilómetros de distancia, una serie de personas que no se conocen entre si y que nunca se han visto, puedan mostrar unos hábitos tan deleznables como darse al canibalismo. Y lo pero de ello, es que por lo que escucho, nunca están solos, sino que lo hacen en grupo, en manada. ¿Será esto una respuesta natural de la propia naturaleza humana al verse obligados a hacerse con alimentos para poder subsistir? A lo mejor es porque, después de todo, los humanos no estamos tan lejos de los animales, y tambien en determinados casos tenemos instinto animal.

Cada vez tengo menos ganas de salir de mi escondrijo, pero sé que tarde o temprano lo haré. Estoy asstado por lo que pueda pasarme y comienzo a pensar que igual me vendría bien colgarme una mochila en la espalda cargada con lo indispensable y salir de aquí en busca de un lugar apartado y mas seguro. ¿Pero donde?

Ya veré lo que hago. De momento, me lo he pensado mejor y me quedo aquí encerrado, que aun me queda algo de comida en las despensas, además de que aun sigue nevando, y muy fuerte y el viento no te deja ver mas allás de tres palmos frente a tus ojos. Cada vez odio más la puta niev... Esperad... La luz verde de mi radio se está encendiendo. Lo siento, tengo que cortar. Estoy captando otra comunicación. Ya nos pondremos en contacto.

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Joder que se me olvidaba. Saludos desde el otro lado.

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