lunes, 4 de enero de 2010

Desde el otro lado. Entrada XI

Lo siento, pero estoy ahora mismo tan nervioso que el corazón se me va a salir del pecho. Tengo los nervios a flor de piel. Han sido los peores quince minutos que he pasado en el Refugio desde que me quedé solo aquí dentro. Al final no ha sido nada, pero el susto que me he llevado, ha sido de escándalo. Con las prisas por ver qué era lo que había provocado ese golpe en la entrada al escondite, me he caido por entre los escombros y me he hecho una buena herida en mi hombro derecho, además de una bonita brecha en mi ya más que arrugada frente.

Uno de los trozos de escombro que estaban en lo alto del edificio se ha desprendido y ha golpeado la entrada, y yo, que estaba tan absorto contándoos lo que me ha pasado esta mañana con aquel grupo de desalmados, me he dejado llevar por el pánico, y he cometido una estupidez. He pisado una de mis propias trampas y me he caido al fondo del garaje, desde la primera planta del bloque. La caida ha sido de casi cuatro metros, pero he tenido suerte de agarrarme en el último momento al darme cuenta de mi error. El problema es que no he podido asirme con firmeza, mis manos han resbalado del trozo de ferralla que sobresalía del suelo y me he desplomado como un saco de patatas. Estoy un poco magulldo, pero si me dáis un momento, mientras sigo hablando intentaré curarme la brecha.

¿Por dónde iba? Mmmmm... creo que lo último que conté fue que entraba en el centro comercial, y al esconderme tras la barra del antiguo bar del complejo, pude divisar la silueta de aquellos locos, y la fechoría que estaban haciendo.

Eran tres, uno de ellos mas grande que los otros dos, y se veía perfectamente que era el que mandaba en el grupillo. Iban armados con una escopeta cada uno, pero el que consideraba yo el jefe, portaba además un enorme machete atado en la cintura. Yo no sé de dónde lo habría sacado, pero si hubiera estado en la jungla no habría desentonado tanto como aquí. ¿Para qué lo querría aquel loco?

Habían dejado las linternas improvisadas en el suelo, y entonces fue cuando me percaté de todo. Sobre una de las cintas que transportaban las compras en las cajas del supermercado, habían depositado el cuerpo de una mujer. Estaba desnuda, y mi primera impresión fue que estaba muerta. Estaban un poco lejos, y tampoco podía distinguir la edad de la misma. Su cuerpo parecía joven, o al menos eso pensé, y estaba medianamente bien alimentado; no le sobraban kilos, pero tampoco le faltaban. Digamos que estaba bien compensada.

Mientras uno de ellos la apuntaba con el arma, los otros dos la estaban desnudando, y ella se dejaba hacer. Yo, arrastrando los pies por el suelo lleno de polvo para hacer aun menos ruido, me adentré en un antiguo puesto de venta de cupones de lotería, de esos de la ONCE, en los que nada más que entraba el cuerpo de una sola persona, y me acurruqué allí dentro como pude sin dejar de mirar en dirección a los tres locos.

Por fin la dejaron completamente desnuda y el mas grande comenzó a tocarla lascivamente mientras el otro que estaba desarmado comenzó a bajarse los pantalones. El miedo se apoderó de mi. No sabía qué hacer. Tenía que salvar a aquella persona, estuviera viva o muerta, pero lo único que portaba encima y con lo que podía defenderme era un cuchillo de caza que había sacado de este mismo supermercado hacía ya mas de un año, y con solo ver la imagen de aquellas armas allí en el suelo, me entraban ganas de llorar de miedo.

Pero no pude evitarlo, e hice la primera estupidez del día. Rezando para que no me vieran, saqué el cuerpo por el cristal de aquel cubículo, y cogí con cuidado un pequeño radiocassete lleno de polvo que estaba metido dentro del armarito del que estaba provisto aquel puesto. No sé si funcionaba o no, pero la verdad es que no tuve ninguna piedad de él. Intentando lanzarlo lo más alto posible para despues tener tiempo de esconderme antes de que el ruido los alertara, lo lancé por los aires.

El ruido que hizo el cacharro fue ensordecedor. Lo tiré lo mas alto que pude, ya que si lo tiraba hacia adelante habría hecho ruido mucho antes de que hubiera podido esconderme, y estaba en la línea de visión de aquellos locos. Mientras ellos dejaban de hacer lo que intentaban, yo ya no pude ver nada. Tan sólo seguía luchando por introducir mi cuerpo en el diminuto armarito de los cojones. Lo conseguí a duras penas y logré cerrar la portezuela corrediza del mismo.

Los nervios atenazaban mi cuerpo mientras sujetaba el cuchillo contra mi pecho, a la espera de que me descubrieran y me liara a machetazos contra todo aquello que abriera la portezuela. Pero no fue así, sino todo lo contrario. Cuando pasaron frente al puesto, los oí mientras hablaban a gritos. Uno de ellos, ordenó a un segundo a que lo siguiera, y al tercero lo dejó allí apostado vigilando a la chica, mientras ellos salían afuera a investigar.

Tras cinco minutos, o lo que a mi me parecieron cinco minutos, comencé a salir de mi escondrijo, intentando no hacer ruido. Eché un vistazo a mi alrededor. El hombre que estaba anteriormente apuntando a la chica, seguía allí apostado frente a ella y mirando visiblemente nervioso hacia todos los lados con el arma levantada.

Sin pensármelo dos veces, corrí hacia mi derecha, y me escondí frente a una de las cajas registradoras del centro comercial que estaba marcada con el número uno. Agachado como estaba, era imposible que me viera, por lo que me acerqué hasta su posición, quedándome a tan solo un par de metros de él y separado tan solo por una estantería vacía cubierta de polvo. Se notaba su nerviosismo en la manera que tenía de girar la cabeza cada vez que oía un pequeño ruido, y tuve que aprovecharlo si quería salir de ahí.

Con una decisión inusitada en mi, recogí un viejo extintor del suelo, y con el silencio mas absoluto saliendo de las suelas de mis botas mudas por la tela, me coloqué tras la columna que había frente a él y sin dejarle reaccionar, se lo estampé en la espalda. Se quedó allí tirado, inconsciente como en las películas, solo que esto era real. Me quité la chaqueta y la cubrí con ella a la vez que la abofeteaba en la cara para que despertara.

A partir de aquí, todo fue muy deprisa. Ella se despertó y rápidamente fue consciente de la situación en la que se encontraba, por lo que cubriéndose con la chaqueta echó a correr dejándome atrás con cara de tonto. Yo tampoco me lo pensé y salí detrás de ella. Cuando estábamos a solo diez o quince metros de una de las salidas de emergencia, un fuerte ruido llenó mi cabeza, dejándome los tímpanos inundados con un agudo pitido. La chica se cayó de bruces y yo me paré en seco, horrorizado. Ella estaba desplomada en el suelo sangrando profundamente y yo, impresionado por la muerte de aquella chica, me quedé paralizado. Había recibido el disparo en la parte trasera de la cabeza, cerca del cuello y sangraba profusamente. Yo, estaba allí parado, mirando como un idiota la sangre de aquella joven deslizándose por el polvoriento suelo en vez de salir corriendo. Pero aquel loco me ayudó a salir del trance. Disparó de nuevo, y el impacto pegó cerca de mi, a escasos treinta centímetros de mi cadera, sobre la superficie de una taquilla de esas que se usaban antaño para meter las bolsas de la compra de otros establecimientos mientras entrabas al supermercado.

Dejando allí el cuerpo inerte de mi amiga de veinte segundos, empujé la puerta y salí a la calle coriendo como un poseso en dirección a mi refugio. Corría y corría, pero aquel cabrón no hacía mas que dispararme, mientras yo me cubría a la carrera con lo que podía, a veces coches abandonados, otras veces papeleras, y las menos, farolas apagadas. La profunda niebla me sirvió de parapeto, ya que a escasos quince metros de la entrada a mi bloque, aquel loco dejó de disparar. Yo me paré en seco, comencé a mirar a todos lados, y al no verle, me introduje en mi escondrijo. Ese fue mi fallo. Aquel hijo de puta me vió entrar, y yo, vi cómo me veía. Levantó su arma y volvió a disparar. Mientras lo hacía me miraba a los ojos, y yo sentí que la vida se me escapaba por el agujero de aquella bala que nunca salió de la escopeta.

Abrí los ojos, y observé como me miraba con ojos de incomprensión hasta que mi mente captó el problema antes que él. Se había quedado sin balas en el cargador. Era ahora o nunca. Cogí el machete que tenía en el pantalón y corrí hacia él. Imaginó mis intenciones por lo que comenzó a chillar como un loco mientras intentaba sacar las balas del bolsillo del pantalón a la vez que manipulaba la escopeta para abrir el mecanismo de cargado. Cuando llegué a su altura salté sobre su cuerpo y con mi rodilla le propiné un golpe certero en su pecho, tirándole al suelo y haciéndole perder el arma y las balas. Estábamos los dos forcejeando cuando por fin le coloqué el cuchillo en el pecho, y ocurrió lo que había estado evitando desde que comenzó esta locura de guerra.

Escuché a poco mas de cincuenta metros los gritos de sus dos compañeros que debían haberse guiado por los disparos. Estaban llegando a mi casa, a mi refugio, y no podía dejarles ver donde se encontraba. No podía pemitirlo. Mientras miraba a los ojos de mi agresor, él comprendió mi próxima acción e intentó sin éxito gritar, ya que mi otra mano se encontraba posada firmemente sobre su boca, hasta que mi cuchillo se hundió en su costado y su voz se escapó por entre las costillas y el agujero de mi arma.

Rápidamente me eché su cuerpo a la espalda y lo introduje en el agujero que había en el jardín y que conducía al garaje de la finca. Cayó con un ruido sordo, pero yo no me paré a escuchar. Tapé el hueco con la madera que tenía para tapar la entrada y recogí las balas y la escopeta del suelo. Con ayuda de un poco de tierra del jardín tapé la sangre de mi víctima y me escabullí por el mismo agujero que él.

Me he pasado allí abajo apuntando con la escopeta descargada a la entrada de mi agujero cerca de dos horas, hasta que al final me he autoconvencido de que se han ido de aquí. He enterrado el cadáver en el patio interior del primero B, y me he metido en mi casa. Y lo demás ya lo sabéis. He hablado por la radio y me he caido al garaje. Creo que ha sido un día muy movido...

Hablar con vosotros me ha tranquilizado, pero aun puedo ver los ojos de súplica de aquel chico. No tendría mas de veinticinco años, pero intentaba matarme. No he tenido otra elección. No me siento orgulloso, pero esto es la selva. Eres cazador o presa, y yo, durante casi quinientos metros he sido presa, y no me ha gustado la expriencia.

Mañana volveremos a hablar. Ahora me curaré la herida de la cabeza más a fondo.

Soy José Antonio y estoy emitiendo desde el otro lado.

1 comentario:

  1. No te preocupes Jose Antonio, tarde o temprano acabarías por matar o morir. Me alegro de que optaras por la primera opción. Así es la guerra. Así es lo que nos ha tocado vivir.

    ResponderEliminar