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martes, 12 de enero de 2010

Cinco largos minutos. Parte final

A mi derecha vuelvo a sentir un movimiento, y mis nervios se crispan como el lomo de un gato que se ve acorralado. Entro en una especie de extasis, y mi cuerpo se sacude sin que mi cerebro medie para luchar por las embestidas de los espasmos. Otra bocanada de líqido negro sale por mi boca, impidiendo que pueda respirar. Toso como un loco, y el líquido inunda mi cavidad nasal, impidiendo que mis pulmones me ayuden en la difícil tarea de evitar que muera asfixiado con mis propios fluidos, aunque aun no sepa de qué se trata.

Miro hacia arriba, sabiendo que me falta el oxígeno, y ahora sí veo lo que se mueve en el tejado.

Un hombre, con las vestituras convertidas en harapos, y la piel macilenta y llena de arañazos, se yergue pesadamente sobre sus piernas y me mira con dos ojos negros, muertos y gelatinosos, con un rictus monstruoso en sus mandíbulas. Sus ropajes, destrozados y hechos un guiñapo, se mueven debido a la acción del viento y a los movimientos del cuerpo del hombre, que parece no poder controlar.

No sé por qué se encuentra de esa manera, pero lo que sí sé es lo que es, o al menos lo que parece, por muy descabellado que me suene. Es un zombie. Un puto zombie. ¿Pero en qué mundo vivo? ¿Qué cojones ha pasado?

Mientras mi cuerpo lucha sin fundamento por no acabar con mi vida en el suelo del callejón, otro movimiento a mi derecha acciona mis sentidos y obliga a mi ojo bueno a dejar de mirar al loco de la azotea, y dirigir todas mis fuerzas hacia ese flanco.

El terror que atenaza mi mente por la presencia del zombie del tejado, y el de la perspectiva de morir en mi propio vómito, no es nada en comparación a la sesación de ahora. Entre toses, ahogos y temblores, puedo ver como una mujer enorme, semidesnuda y a la que le falta el brazo derecho desde la altura del hombro, me mira con unos ojos negros como el carbón y esboza una sonrisa, en la que deja entrever una dentadura a la que le faltan varias piezas.

No puedo respirar, pero no soy gilipollas. Mi muerte está cerca, eso lo sé. La mujer, ataviada con unos vaqueros manchados de color negro y con la mitad de la cara destrozada por un tremendo golpe, se apoya contra el cubo de la basura, mientras chilla como una loca, moviendo los ojos de un lado a otro, haciendo una monstruosa imitación de Marujita Díaz y su pájaro loco.

Sorprendido por la perspectiva de que aun conservo mi buen humor, doy un último temblor a mis músculos, y dirijo mi mirada hacia el callejón, donde una sombra se acaba de ver proyectada contra la pared.

Me asombro al darme cuenta de que llevo casi dos minutos sin respirar, y mi cuerpo aun mantiene todas sus funciones vitales al máximo, a excepción de mis funciones motrices.

Mientras los dos enfebrecidos zombies chillan como posesos por el demonio ante la hermosa visión de setenta y sinco kilos de carne toda para ellos, la sombra de la esquina hace su aprición, y vislumbro de lo que se trata. Otro zombie. Cómo no...

Este es un hombre de mediana edad, fornido, ataviado con un vaquero y una camisa de cuadros roja y negra y unas botas de esas que llevan los exploradores de montaña, de color beige. El sol no me deja ver muy bien, porque me está deslumbrando, pero parece que ahora empiezo a recobrar la vista del ojo derecho, y aunque con nubecitas, noto como comienza a acercarse con el brazo derecho al frente. Nunca pensé que las películas de zombies serían tan acertadas con eso de que los muertos vivientes avanzan con los brazos en alto, hacia delante, como si tuvieran en sus manos un volante ficticio. Pero estos son muy reales, y es lo que están haciendo.

Hago un último esfuerzo por recobrar mi propio cuerpo, y mando un mensaje de auxilio a mi cabeza para que salga en mi ayuda. Es incrible como la consciencia de uno mismo, se vuelve mas aguda cuando se encuentra en momentos de extrema necesidad. La mente piensa a velocidades supersónicas, y la cosciencia del pensamiento, es capaz de percibir cada una de las moléculas del propio cuerpo, e intentar influir en ellas para escapar del peligro inminente.

Ahora, les estaba hablando a gritos a cada una de mis neuronas, intentando que corriesen como locas haia mis nervios medulares para que obligaran a mi cuerpo a levantarse, y ponerse a correr como un loco. Esbozo una sonrisa al visualizar mis neuronas, como si se tratasen de aquellos espematozoides con patas y de color azul que aprecían en la serie de La vida es así.

Incriblemente, parece que mi cuerpo comienza a funcionar, y una de mis manos se posa pesadamente en el suelo, para inentar levantar el peso muerto de mi cuerpo.

Echo una ojeada general a lo que me rodea, y veo como el zombie de la azotea se ha tirado al vacío, y avanza a gran velocidad hacia mi empotrado cuerpo en el suelo.

La mujer de la derecha también corre hacia mi, y está tan solo a dos metros de su presa. Tiene en la cara una mueca terrible, acrecentada por la herida infectada de su mitad de la mandíbula, que ahora que la tengo tan cerca, me deja distinguir como los gusanos se están alimentando de su mejilla.

Toda esta orgía de movimientos, llega a su momento cumbre cuando por fin logro levantarme, y esputando el asqueroso líquido negro de mi boca, me debato entre los estertores de la muerte y los chillidos de unos zombies que se quieren alimentar de mi cuerpo.

Es irónico, seguro que las chicas nunca se sintieron tan atraidas por mi, como lo están ahora estos tres. El miedo hace que mi sentido del humor salga a flote.

Cuando escucho el impacto del primer zombie contra el suelo, y puedo oler el aliento de la señora gorda tras de mi, dos disparos inundan el callejón, y yo cierro los ojos instintivamente, mientras protejo mi rostro con mis manos.

Sólo se oye el aleteo de unos pájaros ahuyentados por el disparo, y mi entrecortada respiración, solo interrumpida por el sonido de viento silbante al dar la vuelta por el fondo de la calle cortada.

Cuando por fin me atrevo a abrir los ojos, la figura del zombie de vaqueros y camisa de cuadros roja se encuentra frente a mi, portando una enorme pistola que apunta hacia mi cara, que por cierto aun no recuerdo si es bonita o fea.

El rostro escrutador de aquel individuo, me mira con ojos interesados. Su cara, salpicada de rastros de viruela, luce una barba desaliñada desde hace algunos días, y su ropa está salpicada del mismo líquido negro que hasta hace unos segundos, salía por los agujeros de mi rostro.

-Estás infectado.- Su voz, ruda como la de un leñador sureño, me despierta de mi ensimismamiento, aunque su enorme pistola no deja que mis ojos miren hacia otro lado que no sea el cañón de aquel arma.

-Te he dicho que estás infectado. No puedo dejarte vivir.- Me repite, con la decepción calada en su rostro.

-Mira, no recuerdo quien soy -Le contesto- y no recuerdo como me llamo. Quince ratas se han alimentado de mis despojos mientras yacía en el suelo sin poder moverme vete tú a saber el por qué. Además, me encuentro con que la ciudad es una locura, y está repleta de putos zombies que quieren alimentarse de mi cuerpo como si de un buffet libre se tratase. Y para colmo, cuando por fin recupero el control de mi cuerpo, que por cierto, me ha gastado la graciosa broma de voy-a-ahogarte-en-tu-propio-vómito-verás-que-divertido, aparece un tío que parece sacado de una película americana de serie B, y me apunta con una pistola modelo Harry el Sucio, y me dice que estoy infectado y que no puede dejarme vivir.¿Me estás vacilando? ¿Esto es una broma de cámara oculta? Porque si lo es, esto no tiene ni puta gracia.

Mientras mis palabras salen atropelladamente de mi boca, el hombre se mira a sí mismo, y se toca la camisa de leñador, como haciéndose a la idea de lo que le acabo de decir. Vuelve a mirarme con sus ojos azules y tristes, y con una mueca en la boca, me vuelve a hablar.

- Lo siento Antonio. Siento que las cosas sean de esta manera, pero inevitablemente son así. Te han mordido, estás infectado, y no puedo dejarte con vida. Ojalá todo hubiera pasado de otra manera.

Levanta su arma hacia mi cara, y no puedo dejar de sentir una decepción enorme hacia mi propia persona. Despues de lo vivido, no era justo lo que me estaba pasando. Había sobrevivido a una serie de sucesos hacía apenas cinco minutos, dignos de cualquier superproducción norteamericana, y aun así no era suficiente para aquel hombre, que, por cierto, me había llamado Antonio. ¿Era ese mi nombre?.
Iba a abrir mi boca para contestarle, pero dos palabras suyas me enmudecieron y cerraron mis ojos instintivamente.

-Ahora no.- Dijo él.

Y entonces escuché como el percutor del arma salía hacia atrás, y se liberaba del muelle que accionaba el mecanismo de disparo. Una explosión de sonido llenó el ambiente,y sentí como el aire empujado por el disparo, chocaba caliente contra mi rostro.
Entonces, mi mente, se quedó completamente en blanco.

Cinco largos minutos. Primera parte.

Abro mis ojos, y lo que veo no me gusta nada. Estoy desplomado en el suelo, rodeado de sangre, y aun no sé si es mía o de otra persona.

Escucho una especie de gruñido y algo en movimiento rozándose contra otra superficie.

Bocaarriba, mirando el cielo, en medio de un callejón maloliente. Ahí es donde me encuentro, pero no sé por qué.

Veo el tejado del edificio y la sinuosa pared de ladrillo rojo acabar en la azotea del mismo, y cómo una mano de dedos atenazados por espasmos, no para de moverse en un frenesí de temblores.

El sonido de arrastrar no para de sonar e invade mis sentidos. Mi cuerpo no reacciona, y lo único que puedo hacer es mover los ojos de un lado a otro para intentar localizar el origen de todos los sonidos que me llegan escasamente.

No recuerdo nada, y eso me pone nervioso. Tan solo el enorme dolor de cabeza que tengo, me sugiere que estoy vivo. "El dolor es sinónimo de vida, al igual que el no sentimiento, es sinónimo de muerte". No sé quien dijo eso, pero seguro que no estaba en mi situación.

Intento chillar, pedir ayuda, pero mis cuerdas vocales no se accionan, y la mano temblorosa ya asoma parte de un codo y la mitad de un brazo.

Los gruñidos siguen sonando, aunque atenuados por el ruido de las ratas royendo un trozo de cartón a escasos metros de mi cabeza. Me duelen los ojos de forzarlos tanto al mirar de reojo.

Intento hacer un leve repaso de mi memoria, y es ahora cuando me doy cuenta de que no sólo no recuerdo qué me pasó, sino que tampoco sé ni quien soy ni cómo me llamo. ¿Y cómo es posible que en cambio sepa que eso de ahí al lado es una rata, que esto es un callejón, y los gruñidos que se oyen no son para nada amistosos? Son los misterios de la mente.

Siento un leve cosquilleo en una pierna, y como el aire entra por el hueco de mi pantalón, que no soy capaz de distinguir si es un vaquero o un chándal. Intento con todas mis fuerzas levantar la cabeza, o al menos inclinarla para ver qué es lo que está pasando, pero los intentos son inútiles, mi cuello no cede a mis órdenes.

Oigo como una bolsa de basura cede a la pérdida de peso de su parte inferior, debido al buen trabajo que han hecho las alimañas con su contenido, y al caer, deja desparramado en el suelo algo que aunque no alcanzo a ver, huele igual que un animal en descomposición.
De nuevo siento algo en las piernas y esta vez, sí logro aventurarme a saber lo que es.

Genial, las ratas se están alimentando de mi propio cuerpo.

El miedo atenaza mi garganta, siento como los esfínteres se me cierran de puro terror, y los testículos suben hacia mi parte baja de la ingle, como si mi cuerpo se tratase del de un niño que sufre el síndrome del "ascensor".

Ordena a mi cabeza que ordene a su vez a mi pierna que se sacuda, pero no me hace caso. Los sonidos que me rodean cada vez son mas cercanos. Algo que se arrastra, un gruñido, algo que se arrastra, un quejido. Algo que se arrastra, un gruñido, algo que se arrastra un...¿Qué es ese sonido? Es como si alguien estuviera respirando por la nariz, pero muy fuerte. Como una presa en busca del olor de su depredador.

Las ratas deben de estar dándose un festín, ya que cada vez hay más. Han dejado el buffet libre que les proporcionaba el cubo de la basura, y se han puesto conmigo. Hoy, por lo que veo, hay carne humana en el primer plato del menú.

Sigo fijando la vista alrededor de la escena escalofriante de la que soy protagonista, pero aparte del hombre que veo en la azotea, no veo más que ventanas y cortinas ondulantes batiéndose en un dulce baile con el viento. Mis fosas nasales arden debido al maloliente aroma que infesta el callejón. Ya no sé si es la basura, las alcantarillas o es que realmente hay algún bicho muerto por aquí. Aunque no puede ser, ya que, si lo hubiera ¿Para qué se molesarían las ratas en venir hasta aquí y devorar mi cuerpo?

De repente, siento un movimiento confuso. Mi cuerpo se ha movido, pero yo no he sido el que ha dado la orden. Las ratas huyen despavoridas, saltando por todos los lados, y pisando todas las partes de mi cuerpo que aun no puedo sentir. Una de ellas corre por mi cara, y mete su gelatinosa cola en el fondo de mi ojo derecho. De acuerdo, no sólo estoy lisiado, sino que ahora tambien estoy bizco.

Un retortijón sacude mi cuerpo, pero solo mi interior, y siento como el ardor de mi nariz se propaga rápidamente hasta el interior de mi estómago y mis tripas, culminando la escena en un asqueroso líquido negro que inunda mi boca y sale despedido hacia arriba, como si mi garganta fuese un ardiente géiser.

El líquido huele fatal, y me impide respirar. Toso a causa del ahogo, pero mis pulmones hacen su trabajo y me ayudan a expulsar de mi boca esa sustancia parecida al simbionte de los cómic de Spiderman. Sigo sin entender por qué tengo estos conocimientos, pero en cambio no soy capaz de recordar nada de mi mismo.

Mis elucubraciones se ven de nuevo truncadas por un fuerte golpe a mi derecha. Vale, la suerte vuelve a jugarme una mala pasada. No puedo ver lo que produce tremendo choque contra el contenedor, ya que el ojo derecho es el que tengo dañado por la asquerosa rata, y mi nariz no permite a mi ojo izquierdo visualizar lo que está ocurriendo a mi alrededor.

Hago un informe mental de lo que me rodea. Algo que se arrastra, que respira, que olfatea a su alrededor. Todo lleno de inmundicia, de ratas portadoras de enfermedades, que, por cierto, han debido ya de invadir mi minusválido cuerpo. Un brazo que se debate en lo alto de un edificio y un golpe a escasos metros de mi cuerpo que no puedo localizar debido a que tambien estoy medio ciego. Mi situación me recuerda a un relato de Lovecraft llamado Sordo, mudo y ciego. No recuerdo cuando lo leí, ni de qué color eran las páginas del libro. Pero recuerdo perfectamente su lectura, y el pensar en el protagonista llena mi cuerpo de un miedo imposible de describir.

Mi ojo izquierdo ha captado un leve movimiento a mi derecha, algo se ha movido a mucha velocidad, pero no he sido capaz de vislumbrar lo que era. La mano de la azotea, ya se ha convertido en un torso, y por lo que veo, el dueño de ese cuerpo no se encuentra en mejores condiciones que yo. Ahora logro distinguir como de la azotea chorrea un líquido ngro que parece tener por origen el cuerpo de aquel hombre que tiembla en lo alto del edificio.

Otro movimiento, esta vez detrás mío. En la entrada del callejón algo se mueve, debe ser aquello que se arrastraba y gruñía, que se arrastraba y quejaba.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Aroma de violetas


La oscuridad le envuelve. No ve nada. Sus ojos están tapados con una cinta negra. Intenta mover sus brazos y sus piernas, pero es como luchar contra el abrazo de un gigante. El que ha hecho el trabajo, lo ha hecho perfectamente, a conciencia, y él lo sabe. Escucha gente a su alrededor, murmurando, pero no alcanza a oir lo que dicen. No son muchos. Tres, a lo sumo cuatro. Todos calzan zapatos caros, lo sabe por el sonido de las suelas al chocar contra el parquet. Su olfato percibe mas bien poco. La limpieza de la habitación es perfecta. Podría jurar que huele a antiséptico o a medicamento, como en los hospitales.

El asiento en el que se encuentra, no es duro, pero tampoo es blando. Parece acolchado, pero lo que está claro es que no fue fabricado para dar comodidad al que lo usara, ya que la base de su espalda lleva ya un rato quejándose con fuerza.

Mas pasos. Ahora de un hombre menudo, quizá ya mayor. Sus zancadas son mas cortas, y arrastra los pies. Está perfumado, huele como a violetas.

Echa su mente hacia el pasado, a cuando era un niño, y recuerda que el párroco de la Iglesia donde siempre iba su madre, siempre decía que el mal olía a viletas. Que el demonio olía a violetas. - ¿Será un mal presagio?- Piensa.

Uno de los hombres que le rodea, se acerca a él y le dice algo al oido, pero él no oye nada, su mente está en otro sitio. Lejos de aquí.
Está en un prado verde. En lo alto de una montaña y rodeado de flores. Su cerebro le envia a sus fosas nasales el aroma de la hierba fresca.
Siente como le tocan la cabeza, con suavidad, casi como una madre cuando peina a su hijo antes de ir a la escuela. Nota cómo un frío líquido le hace cosquillas en la coronilla, y baja suvemente por su oreja izquierda. El roce del líquido por el cuello, le pone la carne de gallina, y eriza todo su vello corporal.

Ha llegado el momento. Está preparado.
Vuelve donde está su cuerpo, y agudiza con miedo sus sentidos. Un silencio sepulcral envuelve la sala en la que se encuentra. Ya no oye el arrastrar de los pies de quienes le rodeaban, tan solo un zumbido contínuo, escalofriante, que hace que de nuevo se le erice la piel de los brazos.

Nota como unos dedos se introducen en su boca. Él forcejea, intenta escupir lo que sea que le estén metiendo en la boca, pero la fuerza es inútil. Su boca está empapada en un líquido fresco, pero con algo sólido que le impide juntar las mandíbulas. Su sabor es como el del algodón. Neutro, pero a la vez fresco y agradable.

Otra vez ese olor a violetas.

El zumbido comienza a aumentar en intensidad, hasta que de repente, un estallido recorre su espina dorsal, y es entonces cuando su mente abandona su cuerpo, y se ve a si mismo allí abajo, sentado, debatiendose por soltarse de las correas que le tienen atenazado al trono de sufrimiento al que le han condenado.

Observa como su cuerpo, vestido con un mono de color naranja, no hace más que temblar. Sus ojos están tapados con una cinta negra, pero ve como dos hilillos de sangre comienzan a recorrer sus mejillas y a chorrear por la base de sus mandíbulas. Las manos, delgadas, se agarran con fuerza a los brazos del asiento, mientras sus piernas no paran de dar patadas infructuosas, al verse paradas por el efecto de los correajes.

De repente, deja de moverse, y su cabeza cae a plomo hacia abajo, descansando sobre su pecho, dejando entrever unas feas manchas de sangre en la zona del cuello. Su mente, como si fuera un imán atraido por el polo magnético de la Tierra, se ve empujada de nuevo hacia el interior del cuerpo que ha ocupado durante toda su vida.

Lucha por respirar. Nota como le chorrea la cara. No nota sus ojos, tan solo un calor espantoso en la zona, como si miles de cerillas estuvieran encendidas dentro de sus cuencas oculares. Sus manos tiemblan como locas, atenazadas por una vibraación que no puede controlar. El pecho le arde. Sube y baja de manera desenfrenada, debatiéndose por arrancar cada partícula de oxígeno de la que esté impregnado el aire.

Alguien se acerca a él, y nota como le pone dos dedos en el cuello. Pasan unos segundos y de repente vuelve a pasar. Su mente se despoja de su envoltorio y vuelve a salir de su cuerpo. Esta vez se ve mas pequeño, a mas distancia. Todo lo que oye, es muy lejano, como un eco en una cueva profunda.

Ve como su cuerpo no para de temblar. Lucha por aferrase a la silla,mientras a su vez sus brazos y sus piernas forcejean para escaparse del abrazo de la muerte.

El zumbido es ensordecedor. Aun puede oirlo, pero ya no nota que se le erice el vello de la nuca.

El olor a violetas inunda toda la habitación. Ya no huele el perfume de sus verdugos, ni la lejía de la habitación. Solo las violetas. Miles y miles de violetas le envuelven, como si se concentraran todas alrededor de él.

Vuelve a prestar atención a su cuerpo. Su cabeza no para de dar golpes al cabecero de la silla. Le llama la atención el pelo. Cada vez se va rizando más, hasta que de pronto comienza a arder. El cuerpo que hace unos minutos habitaba, se ha convertido en una antorcha, pero a él, lo que mas le sorprende, es que le da igual. Ahora está muy por encima de eso.

Se mira su nuevo pecho, el intangible, el onírico. Un hilo de plata extremadamente fino sale desde el centro mismo de su torso, y desciende hasta posarse en el pecho del hombre al que antes pertenecía la mirada que ahora observa todo desde arriba. Está aun conectado a su cuerpo.

Un hombre vestido con uniforme azul, rocía su cabeza con el líquido de un extintor, acabando con las llamas en cuestión de segundos. Se acerca otro hombre ataviado con bata blanca, posa dos de sus dedos en su cuerpo. Despues de unos segundos, hace una señal a un tercero, y este sube una manivela, que hace que deje de sonar ese zumbido infernal.

Todo se ha acabado, al menos para el que fue su cuerpo.

Sigue oliendo a violetas.

Mientras sus nuevos ojos se posan en la escena que ocurre bajo la entidad que es ahora, nota como todo se oscurece de repente. El vacío se torna negro.

Percibe cómo algo le coge del brazo y le empuja hacia abajo, pero no puede ver nada.

Las violetas se han internado hasta lo mas profundo de su alma. No puede hacer salir ese nauseabundo olor, y piensa que si estuviera aun vivo, habría roto a vomitar.

Lo que a continuación ve, es algo que nunca habría podido explicar con la lengua de la que estaba dotado en vida. Aquella visión, le hizo de nuevo recordar al párroco de su pueblo.

Un ser, de aspecto infernal, se encuentra frente a él parado y observándole fijamente. Su cuerpo, completamente carbonizado, no es humano, o al menos no su parte inferior. Unas patas parecidas a las de un carnero o a las de un macho cabrío, fuertes, musculosas, pero llenas de calvas y de pelo chamuscado se asoman bajo su cintura esculpida en músculos de acero y coronada con un enorme miembro rodeado de vello negro y rizado.

Su piel, roja como la sangre, está llena de quemaduras y en la espalda, dos enormes alas, negras como la noche en las que en muchas zonas se le ve la carne, que también está cauterizada por el fuego.

Pero lo peor es su rostro. Un rostro perfecto, precioso. Cabello rubio, pómulos altos, barbilla rectángular y pequeña nariz. Si hubiera sido humano, habría sido el ser más hermoso que pisara la tierra. Pero no era humano. Los ojos de aquel ángel le decían que no, que no era humano. Unos ojos negros como un pozo, llenos de odio y de amargura le miraban, haciendo que sus mas obscenos pensamientos se encontraran a merced de su mirada.

Cuando aquella figura comenzó a hablar, le mostró unos dientes afilados, amenazadores como los de la bestia que era.

Y mientras tanto, aquel olor a violetas. Esa flor de entierro. No, no era olor a flores, era olor a muerte, a putrefacción. A odio y a amargura. A lujuria y envidia. A

jueves, 10 de diciembre de 2009

Enfermedades del alma

Todo empezó un frío día de diciembre. Sus tristes ojos ya vaticinaban el futuro de aquella cita, pero su fuerza de voluntad aun era fuerte frente a las adversidades.

Julia contaba diecisiete años, y su curriculum de conquistas, pese a no ser muy amplio, era lo suficientemente satisfactorio como para que cualquiera de sus amigas sintiese envidia de su facilidad con el otro sexo.

Sus ojos verdes, antaño alegres y atrevidos, mostraban un miedo y una incertidumbre que nunca antes habían enseñado. Juan, su último amigo, la había emplazado bajo el porche de su casa, en el centro de la ciudad, y el tono de este, no amparaba alegría ninguna. Un gélido "Tenemos que hablar" le dijo a Julia, que pronto todo habría terminado.

Tras tres largas horas de conversación y palabras vacías, Julia escuchó de Juan las palabras que provocarían su caida libre hacia el más negro abismo nunca antes conocido. Las palabras se le antojaron lentas, llenas de resignación, pero cargadas de una sinceridad insultante y abrumadora, que golpearon sobre el pecho de la muchacha con la fuerza de un autobús a toda velocidad.

- Ya no te quieres como antes. No puedo querer a una persona que ha dejado de quererse.

Los peros y las excusas no pudieron salir de la garganta de Julia, ya que no existían. En los últimos dos años su cuerpo había engordado cerca de veinte kilos, y su antigua figura de avispa, había dado paso a otra figura digna de posar sobre un pedestal de mármol, dispuesto a servir de ejemplo para una estatua de Botero, el escultor del sobrepeso.

La chica, destrozada por dentro, y con el amor hecho jirones, partió sin consuelo en busca del abrazo de su mejor amigo de siempre, un cojín azul que conservaba desde tiempo inmemorial. Lo abrazó con fuerza y descargó todos sus sollozos sobre él, sabiendo que éste nunca se quejaría, al igual que otras veces. Nunca lo había hecho, y esta no sería la excepción.

Lloró con todas sus fuerzas, con todas sus ganas, hasta que en vez de agua salina, sus ojos chorreaban sangre. El dolor la sumergió en un descanso prolongado, que su ahora enorme cuerpo agradeció mediante un agitado sueño. Su estómago, revuelto por el dolor, se le encogía como un globo colocado en la boquilla de un aspirador. Su pecho ardía de amargura y sufrimiento. El corazón le gritaba a causa del mismo, y le pedía por favor que intentase acabar con el daño que le estaba produciendo el recuerdo de aquellas palabras. Pronto olvidó las tres horas de conversación, y su mente guardó tan solo aquellas últimas palabras regaladas por la boca del que fue su joven enamorado.

Pasaron las horas mientras Julia, abrazada a su nuevo amante, sufría pesadillas en las que cientos de amigos y conocidos de su vida se agrupaban frente a ella formando dos filas, y la señalaban con el dedo mientras se reían a carcajadas. Ella bajaba la vista hasta su cuerpo, y se daba cuenta de que se encontraba desnuda. Sus carnes fofas caían a plomo sobre sus piernas, y sus pechos, antes tersos y firmes, ahora descansaban sobre la parte superior de su estómago, como si se tratasen de dos enormes trozos de carne colgados en el escaparate de una carnicería. Su vello púbico, negro y espeso bajaba como una cascada hacia sus piernas, llenas de bultos carnosos que caían por efecto de la gravedad. Echaba a correr por el centro de aquellos dos grupos, mientras aquellos que antes eran amigos, se reían y la llamaban gorda, oronda, y otros improperios difíciles de reproducir.

Sus propios gritos la despertaron de aquella pesadilla. Se levantó de la cama, mientras un frío helador recorrió su cuerpo. Estaba empapada en su propio sudor, y sus pezones, erectos por el cambio de temperatura, se mostraban a través del fino pijama como si quisieran atravesarlo.

Sintió la sequedad de su garganta y se fue hacia el baño. Mientras descargaba su vejiga no podía dejar de escuchar las risas de toda aquella gente que se hacían llamar amigos. Se levantó del inodoro, bebió un poco de agua de su vaso preferido, y se miró al espejo. Lo que le mostró no era lo que ella había esperado. Unas bolsas moradas se agolpaban debajo de sus lindos ojos verdes acompañando la tristeza del momento con una fea mueca de asco proveniente de su propio rostro.

Corriendo hacia su habitación, cerró la puerta y encendió la luz. Se desnudó por completo y se quedó parada frente al espejo del armario. Allí, lo que vió, acabó por convencerla. Juan tenía razón. Era una gorda fea y sudorosa. Sentía asco por lo que el espejo le mostraba. Unas náuseas vinieron a su boca y ella corrió hacia el baño de nuevo, intentando no descargar el contenido de su estómago sobre la almohada del pasillo. Se encerró en el aseo y arrodillada frente al inodoro, decidió que esa no sería la imagen que mostraría al mundo. Eso tenía que cambiar...

Y bien que cambió. Y mucho.

El cuerpo de Julia sintió una metamorfosis increible. A fuerza de voluntad comenzó a seguir un rígido régimen. Las calorías y el ejercicio se convirtieron en la mayor obsesión de la joven. Sus comidas diarias no pasaban de simples rebanadas de pan de molde integral, aderezadas con lonchas de pavo y galletas de arroz deshidratadas. La fruta y los cereales se convirtieron en sus aliadas frente a la guerra que le acababa de declarar a las grasas.

Enormes paseos por la playa, envuelta en film transparente del que su madre utilizaba para envolver los bocadillos, hacían que sudara más de la cuenta, provocando desmayos y arcadas en su cuerpo, pero ella, fuerte como un muro de acero, se sobreponía a ellos, y forzaba a su cuerpo a un esfuerzo mayor.

El cojín que antes era su mejor amigo, había dejado paso a su báscula de suelo, a la que todos los días hacía una visita cada vez que ingería algo de comida. Los ochenta kilos se convirtieron en setenta, y los setenta en sesenta. Pero lejos de encontrarse a gusto, Julia cada vez se pedía un poco más. Hacía falta más ejercicio. Menos comida. Más esfuerzo. Más dedicación. Había que visitar más veces la báscula, y si lo que ésta le ofrecía no le gustaba, se arreglaba a golpe de introducir sus dedos sobre su garganta.

Se miraba en el espejo, y frente a ella, una preciosa muchacha de caderas pronunciadas y pecho firme, le daba la bienvenida a la realidad. Sus verdes ojos le mostraban la imagen de una joven capaz de cualquier cosa gracias a la belleza que escondían las ropas que se ponía. Su busto, antes enorme y feo, había dado paso a una talla noventa y cinco preciosa, dura y firme que encantaría a cualquier muchacho apuesto. Sus piernas, ahora delgadas y redondeadas, serían la envidia de cualquier modelo de Armani, y su bello rostro, adornado por el verde de aquellos ojos infinitos, acompañaba la estampa gracias a aquellos carnosos labios rojos que había heredado de su madre.

Pero esto sería lo que vería una mente sana. Lástima que la de Julia no fuera una de esas. Sus mente tergiversaba la información que recibía de sus ojos, y le mostraba a la muchacha la adulterada imagen de alguien que no era ella. Su preciosa cara era la de una chica con unos carrillos enormes y rojos que escondían el carmesí de sus labios. Sus pechos, del tamaño de dos vasijas de vino, caían hasta el fondo de su vientre, redondo como la esfera de un reloj de pared. Sus brazos reconchos chocaban contra la carne de sus costados, y su pubis, un negro triángulo peludo, anunciaba a su mirada que lo que se encontraba debajo no eran unas estilizadas piernas, sino unas deformadas extremidades llenas de pliegues sudorosos que tenían la desgracia de soportar aquel asqueroso cuerpo grasiento.

"Todo lo que entra puede salir, quiera o no", rezaba el lema de una página de internet que comenzó a visitar con empeño. En ella aprendió el arte de esconder el violáceo de sus mejillas a la gente. Conoció los mejores métodos para que su cuerpo sudara cada vez más y mejor, y recibió de primera mano una clase magistral de cómo engañar a los que la rodeaban para que pensaran que comía con normalidad, a pesar de que no lo hacía.

En poco tiempo, los cincuenta kilos llamaron a la puerta de su habitación. Pero ella se miraba, y a pesar de que lo que se enfrentaba a su mirada era algo parecido a una chica con problem

martes, 8 de diciembre de 2009

Viaje Jurásico



Por fin despiertas de tu viaje.Llevas mas de dos horas inconsciente, y tu cuerpo chorrea gotas de rocio de haber estado hasta este momento a la interperie. Te levantas, aturdido como si hubieras estado toda la noche bebiendo alcohol, y tu cabeza se resiente como si de una resaca se tratara.

Miras a tu alrededor, y te maravillas con la visión que te ofrecen tus ojos. Tú, un científico paleobotánico, estás en la era de los dinosaurios, en la era en la que la especie humana no era mas que un gen a punto de mutar en el ADN de un pequeño roedor.

El tamaño del bosque en el que te encuentras es asombroso. Enormes árboles tapan tu visión del cielo, pero tus oidos te permiten escuchar el hermoso sonido emitido por la garganta de algún tipo de pájaro jurásico. Las hojas de los helechos son del tamaño de una persona, y de un color verde que nunca has visto en ninguna otra planta de tu época.

Te aproximas a tu mochila, y te aseguras de que todo lo que has preparado antes de partir hacia aquí está en perfecto estado. Todo está en orden, hasta la comida y el sistema de GPS experimental que te ha proporcionado la Corporación. Te calzas la mochila al hombro, no sin antes vestirte con las ropas apropiadas para tu aventura, que con tanto empeño preparaste antes de salir.

El traje de silón, se te ciñe perfectamente al cuerpo, como si de látex se tratara. En ese mismo momento, el color negro originario del traje, comienza a tornarse del mismo color verde del que estás rodeado por tu entorno.

Echas un vistazo rápido del tiempo que te queda en esta era, y compruebas en el dispositivo de tu muñeca que te quedan tan solo veintitrés horas para reactivar la vuelta a casa.

Comienzas a andar, y el GPS te indica que te encuentras en lo que dentro de varios millones de años será Madrid, concretamente a treinta y tres kilometros de la capital, en la sierra de Guadarrama. Decenas de montañas que en un futuro estarán completamente peladas de vegetación, a excepción de algunos líquenes, hoy se encuentran repletas de vegetaciós espesa. Los insectos no paran de revolotear a tu alrededor, todos ellos, vistos por primera vez por unos ojos humanos.

Sigues avanzando y sales de la espesura del bosque de helechos, y lo que se abre ante tí, hace que tus piernas tiemblen de la emoción, y postres tus rodillas en el suelo, para poder disfrutar de lo que tienes ante tus ojos.

Un enorme claro, presidido por un lago de aguas transparentes, es el bebedero de una gigantesca manada de Apatosaurios, unos dinosaurios de tamaño medio, algo mas grandes que un humano, y con una boca semejante a la de un pato. Suspiras aliviado, sabiendo que este es un animal herbívoro. Mientras casi toda la manada está bebiendo tranquilamente en el agua, algún que otro macho vigila tanto la orilla, por si se acerca algún cocodrilo, como en los alrededores del bosque, por si algún carnívoro aparece y rompe la tranquilidad de la manada.

El cielo, es un calco del de tu época, con la diferencia de que además de estar lleno de pequeños pájaros, enormes Rhamphorhynchus surcan el cielo en círculos, en busca de presas potenciales, como peces jurásicos, y algún que otro animal muerto. Vuelves a respirar aliviado, ya que crees que este tampoco será el animal que provoque tu muerte.

Ya has pasado casi tres horas en este incierto mundo, rodeado de animales extintos hace millones de años, pero te parece que han pasado tan solo minutos...y tu búsqueda aun no se ha completado. Has gastado ya casi tres bloques de memoria realizando fotos, pero no te importa, merecerá la pena una vez vuelvas a tu casa desde esta era.

Avanzas tranquilamente por una senda natural dibujada entre la maleza, por la que deduces que normalmente deben de merodear dinosaurios como Gallimimus, o Compsognathus, ya que aunque las huellas son visibles a simple vista, tan solo puedes determinar que se tratan de animales poco peligrosos, de un tamaño aproximado de dos metros.

Sigues avanzando, pero con el rabillo del ojo sientes un débil movimiento acompañado por el sonido de las hojas secas al ser pisadas. Giras la vista, y, quieto como una estatua, oteas el lugar en busca de algún predador agazapado entre la maleza. Sin perder de vista ninguna de las zonas, y consciente de que tu traje mimetizante quizás sea inútil ante algún depredador de esta era, miras el aparato amarrado a tu muñeca en busca de cualquier señal calorífica que delate la posición de algún animal escondido entre la espesura. Pero las señales son negativas al respecto.

Con todos tus sentidos alerta, sigues avanzando, pero esta vez, mas rápido que antes, provocando que tu respiración se vaya acrecentando a medida que llegas al claro que se encuentra frente a tu vista. Al llegar allí, estás agotado, debido quizás a que la humedad del aire en esta época, es cercana al noventa y siete por ciento, gracias a la cantidad de vegetación que se encuentra a tu alrededor.

Desde tu posición, por fin vislumbras tu objetivo, un círculo de tierra removida, de un tamaño aproximado de dos metros de diámetro, y coronado por un círculo de tierra alrededor, colocado de esa manera seguramente para proteger los huevos de Carnosaurus que se encuentran en su interior.

Gracias al dispositivo calorífico de intensidad vectorial, compruebas si en los alrededores se encuentra la madre, recien salida en busca de comida, o tan solo es una trampa para todos aquellos animalillos, que, confiados por la ausencia de la madre, se acercan en busca de una pequeña fuente de proteinas, como pueden ser los huevos de estas especies.

Tras comprobar que ningun sensor detecta rastro alguno en los alrededores de fuentes de calor, sales de tu escondrijo, y avanzas muy despacio hacia tu objetivo, con la mano derecha aferrando la muñequera de emergencia, por si tienes que pulsar el botón de regreso de emergencia.

Sin romper el silencio de todo lo que te envuelve, tu cuerpo se mueve a la velocidad de la tortuga, pendiente de cada sonido del exterior, como un felino que acecha a su presa. Cuando por fin estás sobre el nido, te percatas de que no estás solo. Un dinosaurio de alrededor de dos metros de alto, verde, y con unas motas de color rojo en la espalda, semejantes a las marcas de los leopardos, vigila tus movimientos, mientras tu mirada se clava en sus ojos, y tus músculos se ponen tensos como la goma de un tirachinas.

El bicho, enorme, avanza hacia tí, lentamente, y te percatas de que sus movimientos se asemejan a los de una gallina, pero de un peso aproximado de doscientos kilos. De repente se para, y su cabeza comienza a girar a un lado y a otro, como si algo la hubiera puesto en alerta, pero no es lo suficientemente rápido.

El Carnosaurio irrumpe de entre los árboles, y con un golpe de su cuello, levanta con su enorme mandíbula al Oviraptor, y sacude sus fauces como si fuera un tiburón, arrancando las articulaciones de su sitio, y haciendo un ruido brutal, que provoca que todos los pelos de tu cuerpo se ericen de la impresión.

Pero eso no es todo, ya que tú, ensimismado con lo que acaba de suceder a apenas nueve metros de tí, percibes con el rabillo del ojo como las hojas del árbol que está a tu espalda comienzan a parpadear. En una décima de segundo, comprendes que el sistema de camuflaje natural que utiliza este Carnosaurio, puede competir frente al tuyo artificial, sin que por ello quede por debajo de lo que se espera de él.

Intentas sin éxito apretar el botón de emergencia, pero eres demasiado lento, algo que en el futuro habrá que mejorar si alguien vuelve a venir a esta era. Sus dientes atraviesan la carne de tu muñeca y llegan hasta el hueso, escuchando el horrible sonido de los huesos al frotarse unos con otros. Intentas chillar, pero el animal levanta su pata derec

miércoles, 2 de diciembre de 2009

El Honor de Perecer. Final.

En el barco, un hombre llamado Franklin, algo que nunca sabría Ichiwa, estaba al mando de las operaciones de defensa, y se anticipó al ataque del joven piloto. Cuando Ichiwa se encontraba practicamente encima del bombardero, y dispuesto a descargar su último ataque, Franklin, dio órdenes a sus soldados de atacar su flanco derecho, lo que obligó al Kichiemón a virar bruscamente a su izquierda, y desperdiciando de esta manera el último ataque del que estaba provisto.

Ichiwa, avergonzado de sí mismo por su error, ejercía en yuxtaposición a la alegría que desbordaba a los pocos que se encontraban en la cubierta del barco, defendiendose como podían de unos ataques que no habían ni tan siquiera oido.

La furia embargó a Ichiwa, y su mente empezó a embriagarse con el amargo sabor de la derrota y la vergüenza del fracaso. Subió alto. Ascendió hasta que el metal de su avión atravesó las nubes y se dio cuenta de que estaba herido. Él no. sino su Kichiemón, y entonces comprendió que se había acabado todo para él. Pensó en el maestro y en todo lo aprendido a su lado. Recordó las siete virtudes. Recordó los amaneceres nevados arando la tierra junto a sus hermanos guerreros, bajo el frío de la nieve. Recordó miles de momentos y palabras que calaron hasta lo mas profundo de su ser, y entonces tomó una decisión.

Se apretó en la frente el hachimaki bordado de su madre y lo afianzó por encima de sus ojos, mientras su mente viajaba por el cielo agarrada a una de las cometas de su abuelo. Ciñéndose con fuerza el senninbari que con tanto honor había recibido, notó cómo su cintura cedía bajo las mil puntadas cosidas por las mil mujeres seleccionadas para realizarlo. Sus rostros afloraban frente a la mente de Ichiwa, mientras este no paraba de ascender.



Parando su ascenso hacia los cielos, notó en su interior como las palabras de su maestro se agarraban con fuerza a los rincones más recónditos de su ser. Gi, Yuu, Jin, Rei, Makoto, Chuugi y Meiyo. Los siete caminos del samurai.

Quitándole el tapón a su preciada botellita de cerámica, Ichiwa bebió un largo trago de Sake, y entonces aceptó cual era su destino.

Se enderezó, y colocando su avión sobre el barco, por encima de las nubes, se dejó caer en picado. El avión comenzó a acelerar por la fuerza de la gravedad y el asiento de cuero, se pegó a la espalda de Ichiwa, obligando a sujetarse bien fuerte a los mandos.

Mientras el avión caía en picado hacia su objetivo, Ichiwa comenzó a recitar aquel poema que con tanto dolor había compuesto el mismo, a la espera de un momento como este. Sus estrofas llenaban de un ardor cada vez más irresistible el interior del alma del muchacho, provocando en su garganta una subida de tono, que al final se convirtió en un verdadero grito de rabia.

Llega la muerte.
La espero sin miedo.
¡Mi honor me guía!

El Capitán Franklin fue el único que comprendió el ataque desesperado de aquel noble soldado japonés. Comprendió que aquel piloto ya no iba a dejar caer su carga, si no que les iba a hacer saltar por los aires. Pero ya era tarde, demasiado tarde.

Ichiwa, cayendo en barrena sobre su objetivo, logró colocar su avioneta sobre la santabárbara, lugar donde el Arizona, que así se llamaba el barco,tenía almacenada toda su carga de munición.

Tres palabras acompañaban al joven soldado japonés, mientras este veía cada vez más cerca la cubierta del Arizona. ¡Banzai! ¡Banzai! ¡Banzai! No sentía miedo. No sentía vergüenza por sus actos. Sólo sentía orgullo. Honor.

El impacto fue terrible, y la explosión fue vista desde varios kilómetros. El Arizona y el Kichiemón se unieron en una danza de fuego, pólvora y humo. Muchos pilotos japoneses al ver la maniobra de Ichiwa, decidieron imitarle, acompañándole en su viaje al paraiso destinado tan solo a los mas valiente guerreros de la tierra. Comenzaron a caer todos en barrena, inutilizando las defensas de los soldados, ya que los aviones japoneses no buscaban soltar sus cargas, por lo que caian directamente sobre sus objetivos.

Antes de impactar sobre la cubierta del barco, ichiwa, con lágrimas en los ojos y su mano aferrada al Yari de su abuelo, logró recordar las últimas palabras de su maestro antes de partir del templo:

-Recuerda Ichiwa, Cualquiera puede introducirse en lo mas reñido de la batalla y morir. Es fácil para un patán, pero para un samurai es verdadera decisión justa en la ecuanimidad, y un verdadero valor saber vivir cuando ha de vivir, y morir cuando ha de morir.

E Ichiwa estaba orgulloso, porque este era momento de morir. Había encontrado por fin, El Honor de Perecer.

lunes, 30 de noviembre de 2009

El honor de perecer. Parte 2.

A los dieciseis años, decidió que quería ingresar en el ejército, ya que estaba harto de que su pueblo fuera continuamente insultado por Occidente, y decidió defender a su pais en la inminente guerra que se estaba preparando contra China por aliarse con ellos y ahogar la economía japonesa, mediante la paralización de envíos petrolíferos a sus tierras, algo que podía provocar mas pobreza y muerte a sus hermanos.

Se alistó en el ejército, y se unió al escuadrón aéreo, cumpliendo así sus dos sueños, defender su patria como un verdadero Samurai, y pilotar uno de esos aviones que tanto le habían fascinado desde pequeño.

En pocos meses, Ichiwa era el mejor piloto de la flota japonesa, y por ello, fue enviado a una inminente misión a bordo de su avioneta, a la que llamó Kichiemón, en honor a aquel que fue condenado a relatar lo sucedido en la batalla de los cuarenta y siete ronin, y único superviviente de aquellos, todos ellos muertos mediante el Seppuku.

Hacía diecisiete minutos que Ichiwa vagaba en silencio a bordo de avioneta, tan solo acompañado por el Yari de su abuelo, y su suave envoltorio de seda. Ya estaba amaneciendo, y su vista se fijó en el horizonte, avistando con facilidad el objetivo de su misión.

A su alrededor, otros 353 valientes japoneses, pilotaban su avión con destino a una muerte segura. Pero no importaba, el honor de su nombre estaba en juego, y sobre sus hombros recaía la pesada carga de librar a Japón de las ataduras del capitalismo occidental, y estaba decidido a cumplir como fuera con sus órdenes.

Su avión, como todos los demás, estaba cargado con cientos de torpedos de penetración de blindaje, recientemente diseñados por la inteligencia japonesa, tan solo para la utilización en esta misión. El plan era sencillo, una primera oleada de 183 avionetas atacaba las bases de Oahu, y los restantes, comandados por él mismo y aprovechando la confusión del ataque sorpresa, atacarían sin contemplaciones en Bellows Field y Ford Island, destruyendo todos los submarinos y naves posibles allí atracados. La sorpresa y la planificación, era algo que los samuráis desde tiempos remotos habían dominado con absoluta maestría.

Eran las 07:53 de la mañana cuando comenzó el ataque. Miles de bombas comenzaron a caer en barrena, sin que los portaaviones enemigos y la flota aérea rival tuvieran tiempo de defenderse. En ese momento Ichiwa, besando su Yari, paladeó el sabor de la batalla impregnado en sus genes desde tiempos inmemoriables, haciendo que su cuerpo se pusiera tenso como el bambú. Apretó fuertes sus manos a los mandos de la avioneta, y con un giro de muñeca, su avión se precipitó hacia la derecha, seguido por otros tantos aviones con la misma valentía y determinación con la que Ichiwa se había mentalizado antes de partir.



Sobrevoló las defensas del enemigo y abrió sus compuertas con el armamento alli almacenado. La mitad de la carga se desplomó en picado en dirección a un gran portaaviones con treinta y cinco avionetas posadas en su cubierta. En cuestión de segundos, unas llamas gigantescas brotaban hacia el cielo, y cientos de personas caian por los lados de la nave para escapar de las abrasadoras llamas.

Uno de los portaaviones había escapado al ataque inicial, y estaba respondiendo con municion antiaérea, derribando cerca de veinte aviones colocados alrededor de su posición. Haciendo caso omiso de la cercanía de los disparos, dió media vuelta y avistó su objetivo, dos submarinos que comenzaban con su labor de inmersión.

Ichiwa, decidido e inmerso en su objetivo, ascendió unos cientos de metros, y se dejó caer en picado, seguido de otros treinta aviones que iban dejando caer su mortífera carga sobre los perplejos enemigos, que por un error garrafal en su cadena de mandos, no habían sido capaces de evitar el ataque sorpresa de los japoneses. Ocho meses atrás, un embajador japonés en Estados Unidos, dió aviso a los americanos de un posible ataque a la base americana, pero estos, enfrascadaos en sus propios planes de guerra, ignoraron la advertencia, obviando la capacidad de ataque de la flota aérea japonesa.

El Kichiemón seguía destruyendo objetivos, mientras su piloto esquivaba con verdadera maestría los ataques desesperados del enemigo, que seguían sin creerse lo que estaba sucediendo.

Ichiwa, que había gastado ya la tercera parte de su carga, y que sabía que el último intento sería harto complicado, volvió a virar la nave y observó lo que le rodeaba.

De la flota que había partido con él, tan solo quedaban cerca de dieciocho aviones, muchos de ellos sin torpedos a bordo, y esquivando a duras penas las acometidas de la resistencia. Miró lejos de la costa, y vió como ocho destructores en formación de triángulo, descargaban sus morteros sobre la costa, destruyendo las comunicaciones del puerto. Otros dos acorazados y dos bombarderos, todos ellos avanzando sobre el mar azul, seguían lanzando torpedos desde sus sótanos, haciendo mella en los barcos del enemigo. Las cuatro naves habían sido alcanzadas, y un humo negro como el carbón, se alzaba hacia el cielo, haciendo mas fácil el acierto de los aviones contrarios.

Todo era destrucción y muerte, pero a Ichiwa ya nada le afectaba, sabía que el honor le iba a llegar de un momento a otro, por lo que echó la vista al frente y seleccionó su objetivo. Un pequeño barco amarrado en el muelle, y que estaba causando estragos contra los atacantes nipones, derribando muchos aviones con tan solo veinte o treinta hombres. Se decidió, ató a su frente la cinta con el nombre de la familia que le había bordado su madre antes de morir, y se lanzó sin miedo hacia los integrantes de aquella nave. Esquivó, uno, dos, tres ataques de mortero, y su primer intento por colocarse sobre ellos falló, provocando que su avioneta diera varias sacudidas al intentar esquivar el aparato de radar del barco. Volvió a alejarse de allí, giró trescientos sesenta grados, y volvió a atacar a los desdichados soldados norteamericanos, que corrían como locos sin saber donde ponerse para defender mejor sus barcos.

domingo, 29 de noviembre de 2009

El honor de perecer. Parte 1

El aire era espeso y pesado, cargado con un ligero olor a pólvora del que era difícil desprenderse, pero el frescor de la mañana, amainaba un poco esa sensación de estupor que desde hacía horas embargaba a Ichiwa.

Ichiwa era un joven japonés, como cualquier otro, pero con unos gustos un tanto distintos a los demás. Desde pequeño, le fascinaba todo aquello que surcaba los cielos, y su afición por los pájaros, pronto dio paso a las cometas, y mas adelante a los aviones.

Consiguió su primera cometa con tres años, y gracias a su abuelo aprendió a controlarla, siempre ayudado por él, ya que los vientos en la costa de su ciudad natal, eran demasiado fuertes para un cuerpo de tan solo medio metro de estatura.

Mas tarde, a los nueve años y no sin mucha dificultad, se fabricó su primera cometa con la inestimable ayuda de su abuelo, maestro en el arte de su fabricación y conocido por todos en el pequeño pueblo y en los alrededores, ya que sus cometas eran famosas por ser las mas delicadas en el vuelo, y altamente maniobrables debido a un sistema de cordeles tensores inventado por él mismo.

A los nueve años, Ichiwa atravesó por primera vez las puertas del templo samurai de Isahaya, la ciudad principal de la región. Su padre estaba preocupado por su educación, y estaba convencido de que ingresando en la escuela, su visión futura acerca de las cosas fundamentales como la familia, la patria o la camaradería, le harían convertirse en un hombre de provecho, no un simple pescador, como había sido él durante toda su vida.



En los consiguientes años en la escuela, aprendió las siete virtudes, fundamentales en la vida de todo Samurai, y que rigen el código Bushido al que toda su vida estaría eternamente agradecido. Estas eran Gi, la rectitud, Yuu, el coraje, Jin, la benevolencia, Rei, el respeto, Makoto, la honestidad, Chuugi, la lealtad, y la mas importante de todas para Ichiwa, y motivo por el cual, el futuro de su vida cambiaría para siempre, Meiyo, el honor.

Este fue el momento que cambio su vida, ya que en la escuela conoció la verdadera familia, el verdadero propósito de la vida, y la manera de llevar una simbiosis absoluta con todo lo que le rodeaba.

Pasó varios años allí, visitando a su familia siempre que podía, y enseñándole a su abuelo todo lo aprendido en el transcurso de los días en el templo. Le hablaba del Honor, esa palabra que le infundaba respeto hasta lo mas hondo de su ser. Le hablaba de su fascinación por el Seppuku, y de la discusión que mantuvo con su maestro, debido a la reticencia de Ichiwa de dar su vida, solo por la mera defensa de una idea, aunque al final, el Maestro Goru, le hizo entender, que a lo que realmente temía, era la muerte.

Todo comenzó con una pequeña pregunta del maestro cuando se encontraba rodeado de todos sus alumnos:

-¿Qué haríais, si en una misión, fueseis capturados por el enemigo?

Ichiwa lo meditó durante varios días, mientras comía, hacía las tareas, recogía el grano, incluso cuando dormía. Al final, y tras pensarlo mucho, Ichiwa contestó:

-Maestro, intentaría por todos los medios evitar decir cualquier cosa que pudiera delatar a mis compañeros, o poner en peligro mi misión.

El Maestro Goru abrió los ojos, y le dedicó una mirada cargada de sabiduría. Despues de meditar largamente sus palabras, le contestó:

-¿ Acaso crees joven Ichiwa, que serías capaz de aguantar todo tipo de vejaciones y las torturas perpetradas por el enemigo?

Ichiwa, rápido como el viento que soplaba en lo alto de las montañas que se erguían tras la escuela, le contestó:

-Si Maestro, porque el Bushido dice que el Samurai es fuerte como el cerezo, y tan solo el tornado sería capaz de tumbarle, y por eso, aguantaría todo lo que me hiciesen.

El anciano volvió a sonreir y le dijo al joven aprendiz:

- No debes usar la retórica en tu favor Ichiwa. Bien sabes que el cerezo es fuerte y sus raices gruesas, pero la tormenta puede derribarlo fácilmente si sopla con todo el poder que le otorga el cielo. La única manera de no ser tumbado por el viento, es entregándose al viento antes de que llegue, y aceptando el Seppuku, con honor y valentía.

- Pero Maestro,¿Qué hay de valiente en dejarse morir, matarse uno mismo? ¿Qué conseguiría con ello? Tan solo la vergüenza de mi familia y el rechazo de los mios. - Contestó Ichiwa, esta vez con un halo de miedo en la garganta, que inmediatamente fue interpretado por el Maestro, que dulcemente, volvió a contestarle.

- Escucha joven aprendiz, no hay valentía en el arte de morir, pero el samurai, siempre debe evitar el hacer daño a terceras personas por su propia y única culpa. Si el guerrero fuera capturado antes de morir, podría ser torturado de mil maneras. ¿Como reaccionaría tu cuerpo si te amenazaran con matar a tu padre, a tu madre o a tus hermanos menores? La única manera de guardar una información, es no entregándola. Ese es el secreto mejor guardado, el no desvelado. Cuídate de que te capturen, y si alguna vez pasa, no lo dudes, la muerte es honor, y la vida es la entrega al honor de morir gloriosamente, como guerreros que somos. No debes temer a la muerte. Los tuyos te recordaran como un Samurai que no dudó en entregarse a los brazos de la eternidad por su propia mano, una muestra inigualable de rectitud y valentía. Morir en el combate, Ichiwa, es el mayor honor que se le ha dado al hombre en la Tierra.

Aun hoy recordaba todas esas palabras, resonándole en su cabeza. Muchos años han pasado ya de eso, los suficientes como para dejar de lado las cometas y dedicarse en pleno a su mayor sueño, el de surcar el cielo como las cometas de su abuelo.

martes, 17 de noviembre de 2009

La búsqueda de la perfección



-¿Como te sientes?
-No lo sé ¿Como debería sentirme?
-Tú eres la única que me puede contar sus impresiones, yo solo puedo hablar por mi.
-Pues no sé... Me siento... Viva.
-¿Qué entiendes por viva?
-Pues... Le digo a mi cerebro que mueva mi brazo, y lo mueve. Me miro mis manos, y las reconozco como mías. Me toco el pecho, y siento mi corazón, noto como mis pulmones se llenan de oxígeno al respirar. ¿No es eso vivir?
-Puede que los sea, Ivy. Y, ¿Qué recuerdas de antes de despertarte?
-La verdad es que no recuerdo nada.
-¿Nada? ¿De verdad? Piénsalo. Cierra tus ojos. Busca en tu memoria. ¿Qué es lo que ves?
-Mmmm... Siento vacío. Oscuridad. Siento... No siento nada, y, de repente, lo siento todo. Noto un estallido de luz, de elecricidad, y entonces...Estoy aquí frente a usted.
-¿Y quien soy yo Ivy?
-No lo sé. Pero me resulta familiar.
-¿Como de familiar? ¿Quien crees que soy?
-No lo sé, no lo recuerdo, pero... Supongo que eres mi padre.
-De acuerdo, ya es suficiente. Doctor Jensen, desconecte el computador.
-¿Computador? ¿Qué computador?
-¨¿No lo entiendes Ivy? Tú eres el computador.
-¿Yo? Eso es imposible. Yo no soy u.........

Su cuerpo inerte cae sobre la camilla, mientras el Doctor Tinmar procede a desconectar el bulbo raquídeo cibernético del proyecto IVY-1.
El Doctor Jensen se acerca a la camilla, donde el Padre de la criatura continúa desconectando los diversos sensores del cerebro artificial de Ivy.

-Doctor,¿Qué es lo que ha fallado esta vez? A mi me parecía muy humana.
-¿Si? ¿Usted cree?
-Si, de verdad que me lo parecía.
- De acuerdo. Imagínese que usted se despierta sobre una camilla de un hospital. Sabe que está al menos en una dependencia médica, ya que tiene esos conocimintos. Ve a un hombre frente a usted al que no conoce, pero al que le unen ciertos lazos que no sabe describir, y además, a todo esto le suma que no recuerda usted nada de su pasado. Absolutamente nada. Ni tan siquiera recuerda el por qué sabe que su corazón se llama así, y que lo que respiran sus pulmones es aire. Sabe lo que es todo lo que le rodea, pero no es capaz de discernir por qué lo sabe ni cuando lo ha aprendido.
-Si. Pero y si...
-Aun no he terminado. Como le decía, se despierta. ¿Cual cree que sería su primera reacción?
-No sé. Poniéndolo así, supongo que me asustaría.
-Cierto. Pues Ivy no lo ha hecho. Aun no entiende lo que es el miedo, la incertidumbre. Por eso su respuesta de sentirse viva era una treta de su cerebro computado para hacerse creer a sí misma de que realmente es humana, aunque eso es mentira. Es tan solo una ilusión de su propio cerebro.
-Claro...No lo había pensado. Entonces,¿Otro fracaso, verdad?
-No del todo. Hemos avanzado. Ahora su subconsciente reprogramado ha aprendido el valor de seguir vivo, y trabaja para mantenerse con vida el mayor tiempo posible, como una célula recién creada. Hemos visto la evolución del instinto artificial. Eso es un avance enorme respecto a todo lo anterior.
-Entonces, ¿Nos podemos dar por satisfechos?
-No, aun no. Nos falta lograr la perfección.
-Si, como no. Doctor Jensen.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Conversaciones

Conversaciones, son un grupo de relatos más o menos cortos, que como su título sugiere, tratan simplemente de una conversación entre dos personas, sin mediaciones normalmente de terceros o cuatro personajes.
No están englobados en ninguna categoría, ya que, de los cuatro o cinco que tengo escritos, cada uno trata de un tema distinto a los demás.
Los iré colgando de poco en poco, para que los vayáis conociendo.
El primero de ellos es uno escrito hace bien poco, escasas horas, y que postearé con el título de "La búsqueda de la perfección". No es una obra maestra ni mucho menos, pero con él intento investigar mi solvencia como escritor de ciencia ficción de futuros lejanos.
Gracias por seguir leyéndome.

viernes, 13 de noviembre de 2009

El Experimento -Parte 1-



Ginebra 6 de Julio de 2008

23:30 PM

Estamos a punto realizar el mayor experimento que el hombre jamás ha intentado, después de aterrizar en la Luna, y el Laboratorio se encuentra en un estado de éxtasis incontrolado.
Todos estamos ansiosos por conseguir lo que ningún otro científico habría ni tan siquiera soñado, crear por nuestros propios medios un agujero negro en el Laboratorio Europeo de Física de las Partículas, aqui en Ginebra.
Muchos se han adelantado a afirmar que esto es un suicidio, que puede ser el fin de nuestra existencia y la de todo lo que conocemos hasta hoy, pero no saben lo que dicen, por eso hablan con tanta desfachatez.
Nuestras simulaciones afirman que tan sólo hay un dos coma treinta y cuatro por ciento de posibilidades de que algo salga mal, pero todos sabemos cual sería el problema, por ello hemos intentado aumentar nuestro límite de aciertos hasta el máximo, recolocando la posición del sistema reactivo de explosión neutrina.
Lo que conseguiremos en media hora, es confirmar mediante la práctica,que todo lo que dijo Albert Einstein respecto a su teoría de la relatividad y lo que provocaría en ella el tiempo en el espacio, es cierto.
Si todo sale como realmente creemos que saldrá, revolucionaremos el rigor científico que en los últimos años se ha apoderado de nuestra comunidad, al pensar que la tela cuántica de la que está formada el tiempo y la materia oscura, es posible rasgarla, y poder controlar los viajes interespaciales en cuestión de segundos, como si la mismísima estrella Antares, estuviera a sólo tres minutos del lugar de salida de nuestro trayecto.
Con nuestro sistema, demostraremos a los escépticos que rompiendo la quietud de esa sábana que es el Universo, podemos plegar la materia de la que está creado, y hacer un pliegue interestelar, que unirá nuestro planeta con cualquier punto conocido y no conocido del espacio, fabricando un agujero de gusano que abrirá esa puerta tantas veces soñada por miles de escritores y guionistas de ciencia-ficción.
Pero para conseguir todo esto, deberán pasar muchos años, ya que lo que hoy haremos, es simplemente un pequeño paso de hormiga, antes de llegar al final del jardín.
Lo que hoy haremos es chocar violentamente mediante bombardeos provocados, átomos de Hidrógeno entre sí, lo que nos permitirá tomar nota de las mediciones que se realicen.
Siento parecer eufórico, pero quién me iba a decir a mi, hace años, al terminar de leer una novela de terror llamada "Crónicas Necrománticas", que lo que hacía el protagonista, era realmente lo que iba a dar sentido al futuro de mis sueños, al origen de mis teorías, y como no, al devenir de nuestra existencia.

martes, 10 de noviembre de 2009

El libre albedrío




Despues de preguntarle, él le mostró el dedo.
En él se encontraba un pedazo de silicio negro. Pequeño, casi minúsculo, del tamaño de una alubia.

- ¿Y a esto le llamas futuro? ¿Tres años de trabajo, una inyección de capital de casi tres billones de dólares, y esto es lo que me traes?. Un simple Microchip.
- Julia, no es un simple Microchip.
- Entonces, qué coño se supone que es esta puta mierda- Contestó Julia con una mirada cargada de odio, directamente enfocada hacia los ojos del científico.
-Esto es el componente que va a cambiar la forma de ver el futuro y la humanidad. Una humanidad advocada a la autodestrucción, al fracaso. Una humanidad que ha explotado todos sus recursos naturales, que ha exterminado millones de seres vivos, sólo con la excusa de la supervivencia. Ha contaminado mares y océanos. Ha talado bosques, destruido arrecifes de coral, y ha acabado con el veinte por ciento de la capa total de ozono de la atmósfera. Pero cuando ponga en funcionamiento "La Purga", todo eso será arreglado, y un nuevo orden será instaurado en la Tierra.

Julia, con una mirada más que sospechosa en sus grandes ojos negros, y con una voz cargada de odio, se giró en su silla del despacho, quedándose mirando a través del ventanal de la planta 132 de su edificio coporativo.

- ¿ Y qué se supone que ganará Capsule Corporation con este "avance definitivo" como tú lo llamas?
Con su bata blanca impoluta, y con una sonrisa de satisfacción, Marc se acercó a la ventana junto a Julia, y le contestó taimadamente:

- Imagínate nuestro mundo, tal y como es hoy en día. Lleno de guerras subvencionadas por los paises poderosos y lucrándose tan solo con la destrucción de las etnias minoritarias. Imagín...
- Nosotros tambien nos aprovechamos de ellos Marc. ¿Como crees que te pago el sueldo que llena tu cuenta cada mes?- Le interrumpió la Directora.
- Por favor, déjame terminar. Imagina este mundo enfermo de avaricia, lleno de tragedias naturales como terremotos, huracanes, inundaciones. Incendios forestales, talas ilegales, matanzas de animales... todo esto solo afecta en lo que se refiere al medio ambiente, y todo ello provocado por nuestra propia especie.
¿Y qué me dices de nosotros mismos, de nuestro sufrimiento? Cáncer, Sida, epidemias víricas. El poder de los paises árabes manejando a su antojo la economía mundial manipulando el mercado del petróleo. Y los bancos, extorsionando a los mas pobres, para enriquecerse cada vez mas ellos mismos... pues con este trozo de silicio, tú Julia, y gracias a esa cantidad inmensa de dinero que la empresa ha inyectado en esta investigación, vas a ser la primera empresaria del mundo en acabar con todo eso, y crear, gracias a la investigación del proyecto llamado "La purga" un mundo nuevo, mejor, y vacío de todos esos problemas de los que te he hablado.

Julia, sin tan siquiera haberse inmutado por las palabras de aquel ser inferior en la cadena empresarial, volvió a girar sobre sí misma, y poniéndose de nuevo cara a cara con el hombre ataviado con la bata blanca.

- ¿Y cómo se supone que vas a conseguir eso, si se puede saber? Aunque sinceramente a mi el método, e incluso el resultado me da absolutamente igual, yo lo que quiero es que los gastos que me has causado, se vean paliados en cuestión de semanas con esta investigación tuya.
- Pues entonces - Dijo Marc- no perdamos más tiempo, y déjame que te muestre de qué es capaz esta miniatura.

Julia se levantó, y siguió de cerca a Marc por el pasillo hasta llegar al ascensor de la Corporación. Mientras bajaban, él, se la quedó mirando mientras le decía:

- No se preocupe Sra Mitch, le prometo que todo va a salir a la perfección, y que cuando vea los resultados, usted olvidará en ese mismo momento todo el dinero que invirtió en mi idea, y se dará cuenta de que fue un acierto el haber confiado en mi, aunque le resultara extraño que no quisiera a nadie trabajando a mi lado.
Cuando todo haya terminado, no le hará falta ese dinero que tanto echa de menos.

Julia le miró extrañado, y observó cómo el ascensor, continuaba descendiendo, hasta detenerse en la planta mas baja, el sótano 21.

Continuaron avanzando por un estrecho pasillo iluminado de color rojo, hasta que una puerta automática, se abrió de par en par dejando salir un intenso vapor blanco, gélido, que se le metió a Julia por debajo de la falda, haciéndola reprimir un pequeño escalofrío.

Lo que sus ojos contemplaron, era la creación de un genio. No entendía qué era lo que observaban sus ojos, pero tamaño ejemplar artificial, no podía ser sino el ingenio de una mente superior.
Una enorme máquina llena de tentáculos y provista de una pantalla gigantesca en su zona central, presidía el laboratorio allí ubicado. Los tentáculos se movían de aquí hacia allá, tocando zonas demasiado altas para que la vista de Julia pudiera vislumbrar. Millones de cables y tubos refrigerantes rodeaban la sala y la máquina, y un sonido hidráulico, era lo único que se oía en el habitáculo.

Julia se quedó impresionada con aquella visión, y ese fue el momento en el que se convenció a sí misma, afirmando para sí la suerte que tuvo al contratar a aquel científico catalán, que la prometió hace nueve años, crear una máquina capaz de acabar con todos los problemas de la humanidad, a cambio de llenar a Julia de un nombre más que destacado en la historia humana.

Ella sabía que Marc, había sido el único que había penetrado por aquella puerta desde entonces, y nadie sabía de la existencia de aquel sótano, por expreso deseo del investigador.

-Marc- dijo la mujer- tengo prisa, y me gustaría ir a celebrarlo con mi cartera de clientes. Por favor, comienza de una vez.

Marc, asintió con un gesto de su cabeza y se acercó a aquella gran mole de metal, plásticos y cerámicas. Posó su dedo índice sobre la superficie de una pequeña zona situada en el centro de la máquina, y un pequeño compartimento, salió suavemente empujado hacia afuera.

Marc, con sumo cuidado, puso el pequeño microchip sobre aquella pista de cerámica, y empujó el compartimento hacia dentro. La máquina hizo un ruido que a Julia le pareció un suspiro, y todo se iluminó de un blanco inmaculado, puro, y todos los ruidos se apagaron, dejando sonar tan solo los pálpitos del corazón de ella, que reverberaban en las paredes de la cámara.

Marc, se dio la vuelta, y se despojó de la bata, dejando ver su ropa de calle debajo. Se colocó al lado de Julia y dijo:

- Que comience la prueba.

Se apagaron todas las luces, y uno de los tentáculos se elevó hacia arriba, encendiendo una cúpula del tamaño de un coche pequeño, y que contenía un líquido transparente, parecido al agua, pero con la textura del mercurio.

-Por favor, introduzca la palabra clave.- La voz artificial, erizó el vello de la nuca de Julia, al reconocerse a sí misma diciendo esas palabras.

- En cuanto usted quiera, Sra Mitch, como dueña de todo esto, y como responsable de este avance tecnológico, tan sólo hágame una señal.
Julia, respiró hondo, y con un movimiento de cabeza, le dio a Marc su consentimiento para que comenzara todo lo que había venido a ver.
Marc, se giró, y con una sonrisa horrenda, que a Julia le pareció la de un lunático, levantó los brazos y dijo en voz baja:

- Que comience el espectáculo.
Palabra clave, Sacrificio.

En ese mismo instante, una luz cegadora iluminó el sótano, y la temperatura se elevó hasta casi los dos mil quinientos grados. Una onda expansiva de algo que la Tierra jamás había conocido, empezó a viajar a la velocidad del sonido por entre todos los rincones del globo, alcanzando a todos los habitantes de las ciudades, grandes y pequeñas, y convirtiendo su carne, en energía cósmica, evaporando todos los resquicios de sus cuerpos en milésimas de segundo.

Pasados trece segundos, la humanidad entera había desaparecido de la faz

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Casi perfectos. -Relato con cien palabras-

Dicen que lo han conseguido, pero nos mienten.
Yo lo sé, aun no son perfectos. Sus movimientos casi mecánicos difieren de los nuestros, los humanos. Sí, se acercan, pero no llegan.
Sus rostros son lindos, afables, sin impurezas... acné, arrugas, puntos negros.
No pueden pintar, escribir una obra de teatro, escribir un poema o improvisar una canción.
No, los androides tan solo son eso, hierro y fibra sin alma, sin corazón.

Sus cavilaciones acaban con el ruido de un frenazo y un grito de dolor. Se mira sus manos y descubre que por fin el hombre ha logrado la perfección.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Un día de montaña -Parte 2-



Armado de valor, y respirando hondo varias veces, comencé a atacar a la montaña. Apoyaba con fuerza los bastones, mientras con los brazos impulsaba hacia arriba mi cuerpo por completo. Tras cuatro minutos de esta guisa, tuve que parar a tomar aliento, y por primera vez en el día, un pensamiento negativo pasó fugazmente por mi cabeza. Las piernas me flaqueaban y mi mente me decía que quizá no llegaría hasta arriba. Veía a Rocco subir feliz, como si lo hubiera hecho miles de veces, y cómo mis compañeros se acercaban a mi posición, con cara de cansancio, pero firmes en su ascenso.

Quizás abrumado por la vergüenza de la edad, respiré hondo y volví a tomar la subida. Cada quince metros me paraba, con las piernas y los brazos ardiendo, con calambres, y gotas de sudor recorriéndome la frente a causa del tremendo esfuerzo. Las pequeñas piedras caían tras de mi, y de vez en cuando alguno de los bastones se quedaba encajado entre las hendiduras de las piedras. A medida que íbamos subiendo, el aire nos pegaba contra la cara enfriando nuestro sudor, que se transformaba en pequeñas partículas salinas que se quedaban adheridas a la piel, como si de minúsculos granos de sal se tratasen.

Casi llegados a la cima, distinguimos unos armazones de hierro pintados de color azul metalizado que se encontraban desperdigados por un área bastante extensa de la zona. No podría saber qué era, pero parecían partes de algún helicóptero o aeroligero que se habría estrellado en la zona. No estaba oxidado, por lo que supusimos que no debía hacer mucho tiempo que se habría chocado con la montaña. La pregunta que todos nos formulábamos era si aquel vehículo, si es que era tal cosa, habría estado tripulado. Ahora que estoy en casa escribiendo esto, me doy cuenta del error que cometí al no haber echado ninguna foto de aquello, para más adelante estudiarlo con mas atención y así averiguar a qué podría haber formado parte.

Tras numerosas paradas y bocanadas e aire, y sintiendo como mi corazón latía a mil por hora, llegamos a la cima. Mi cuerpo sufría las consecuencias de semejante ascenso. Notaba como las plantas de los pies y las piernas me ardían como si fuesen de fuego. La cabeza la sentía como abotargada, y los oidos me zumbaban. Podía escuchar el sonido de mi corazón al chocar contra las paredes del pecho y mis manos ardían de sujetar con fuerza los bastones durante la subida.

Pero cuando por fin vi el punto geodésico que marcaba la realidad del ascenso, todos los dolores dieron por terminado, y con una sonrisa en la boca comencé a avanzar hacia allí. Lo había conseguido, y, la verdad, me había costado bastante más de lo que pensaba. Habíamos caminado durante casi cuatro horas, y eso sin contar las numerosas paradas realizadas para esperar a los rezagados, que cada vez que doblábamos una montaña perdíamos de vista.

El Punto Geodésico estaba colocado encima de un grupo de enormes piedras, y su forma era la de un cilindro de alrededor de metro y medio, y hecho por completo de hormigón. Estaba situado a dos mil trescientos ochenta y tres metros de altura, y sólo era superado en la Comunidad de Madrid por el pico de Peñalara, con dos mil cuatrocientos veintiocho metros. La sensación de triunfo inundaba nuestras caras, y es algo imposible de describir. Nadie sabe lo que se siente en este momento hasta que no hace un ascenso. Ahora podía llegar a entender a los verdaderos alpinistas en su afán por coronar las montañas más altas del planeta. Mi cuerpo irradiaba felicidad, y hacía oidos sordos al viento frío que chocaba contra él.

Tras hacernos las fotos de rigor para atestiguar nuestra llegada, buscamos un cortavientos en las inmediaciones y nos paramos a comer, que nuestro cuerpo ya nos lo estaba pidiendo desde hacía un buen rato. El reloj marcaba casi las dos y media de la tarde, y yo, viendo la posición del sol, comentaba con Ángel que quizá habíamos salido demasiado tarde para realizar el ascenso, e igual nos pillaba la noche. Me contestó que no me preocupara, que aunque así fuera, aunque no lo creía, habría luna llena, y se vería bien el camino, además de que todos íbamos preparados y llevábamos los frontales para por si acaso. La idea no me gustaba mucho, pero cierto era que podría pasar y no había que darle mucha importancia.

El jamón, la tortilla, el chorizo de León y de Lugo, aderezados con un buen vinito de la bota de "Cielito" nos supo a todos a gloria. Reíamos felices por haber alcanzado la cumbre, y bromeábamos con Suso por su obsesión de hacer miles de fotos para luego colgarlas en el Facebook. Ironizábamos al respecto con la idea de que le había robado a Ángel de su Facebook fotos del Kilimanjaro y las había colgado en el suyo para presumir de proeza. Éramos el ejemplo perfecto de la alegría después de conseguido un obletivo común.

Rocco nos miraba con cara de asombro, mientras degustaba algún trozo de jamón que le iba tirando a escondidas, y que él, gentilmente, degustaba con la voracidad de un lobo hambriento.

Tras bebernos un vaso de licor de hierbas casero servido por Suso, y comer unos pocos higos secos y almendras para el camino de vuelta, recogimos nuestras cosas e hicimos una limpieza profunda de la zona, guardando en la mochila cualquier atisbo de civilización, para así dejar limpio el lugar de acampada. Estábamos tan concienciados con ello, que incluso durante el camino recogimos varias latas y papeles que algún desalmado habría dejado caer en la montaña, ignorante del golpe negativo que provocaba con esa acción a la biodiversidad de la zona.

Me hice una última foto en la cumbre, y me encaminé de vuelta en dirección a la empinada cuesta para descenderla. Me até de nuevo las botas, para intentar evitar todo lo posible mi problema con los dedos de los pies, y comencé a bajar. Al principio iba utilizando los bastones para amortiguar el peso del cuerpo, pero tras unos metros recorridos, me di cuenta de que eran inútiles para aquella labor, y opté por sujetarlos en la mochila y bajar a pelo.

Cuando llegamos abajo, que por cierto nos costó tan solo diez minutos, a diferencia de la subida que nos ocupó mas de media hora, me dolían la parte superior de los dedos de los pies de manera brutal. A cada paso que daba, mis dedos chocaban con la parte alta de la bota y me hacían ver las estrellas. Posiblemente fuera porque las botas eran malas, o al menos eso me dijeron Fernando y Ángel, por lo que tomé la decisión de comprarme unas botas nuevas antes de realizar otra salida complicada como esta.

Seguimos andando por la senda, por encima de la Loma de Pandasco en busca de nuevo de la Cima del Asómate de Hoyos, que por cierto, había que ascender de nuevo. La loma era larga, tendría un kilómetro o dos mas o menos, y aunque era lisa pero salpicada con piedras se convertía en algo dura ya que, acostumbrados a las distancias cortas en la ciudad, estas visiones tan largas engañaban a nuestro cerebro, y le hacían pensar en proximidades que realmente no eran así.

Cuando estábamos a punto de llegar a la cima, Rocco se separó del sendero y comenzó a ladrar, llamando la atención de Fernando y de todos los demás. Nos acercamos allí, y nos quedamos blancos como la nieve que debía de cubrir esta misma montaña en pleno invierno. Un enorme cuervo, y digo enorme porque yo no sabía que eran tan grandes, se encontraba en el suelo pedregoso, completamente desplumado y abierto en canal, con toda su sangre formando un charco en una depresión natural ubicada sobre una roca que asomaba desde el suelo.

Asustados, volvimos a mirarnos los unos a lo otros, demasiadas veces en un sólo día, pensé. El pobre pájaro mostraba una mueca horrible, con cada una de las partes de su pico apuntando hacia un lado diferente que el otro. Su cuello estaba retorcido, pero lo peor eran las plumas, esparcidas todas ellas por un extensión de dos metros cuadrados de terreno.

Ángel tomó la iniciativa, y nos dijo algo que puso el vello de nuestras nucas erizado por completo. -No sé qué está pasando aquí, pero lo mejor es que nos vayamos porque me estoy mosqueando, y mucho- Esas fueron sus palabras, y creo que las únicas que dijo en todo el tiempo que volvimos caminando.

Estábamos todos tiesos como velas. Nuestros cuerpos se movían lentos y torpes, y no le prestábamos al camino la atención que merecía, por lo que nos desviamos del camino dos veces, aunque no por mucha distancia. En una de ellas, por culpa de nuestro error, tuvimos que atravesar un terreno rocoso de grandes piedras, con la dificultad que había ahora debido al cansancio de nuestros cuerpos.

Atravesamos con velocidad la Loma de los Bailanderos con un nerviosismo a flor de piel. Hasta a Rocco se le veía nervioso. Durante todo el trayecto había ido el primero, abriendo la fila que hacíamos con nuestros cuerpos, y de vez en cuando en segundo lugar, siguiendo a una distancia muy corta al que en ese momento estuviera en la primera línea. Pero después, tras el incidente con el cuervo, siempre iba a los pies de Fernando, además de que ahora, cuando había que saltar las grandes piedras, estaba deseando que Fernando le cogiera en brazos, cosa que antes, aunque se dejaba, no le hacía gracia, y lo demostraba llorando cada vez que su dueño le tendía los brazos.

Así, con el desánimo de las circunstancias mezclados con el cansancio y el aire de la sierra, llegamos por fin a la base de la Najarra. Había que atravesar aquella montaña de riscos que tanto trabajo nos había dado antes, con el aliciente añadido de los dolores y agujetas que teníamos algunos de nosotros.

Mis pies estaban molidos, y mi rodilla derecha comenzaba a advertirme que si la presionaba mucho durante el trayecto que me quedaba, iba a optar por dejar de funcionarme. Me dolía a horrores cuando la forzaba un poco, y encima las puntas de los pies, sobre todo el derecho me ardían sobremanera. Pero aun así, con el dolor que teníamos en nuestros músculos, comenzamos a saltar por entre las rocas cual Cabra Hispánica que busca resguardo para el invierno.

Tras un par de tropezones y un par de percances con los bastones, opté por guardar de nuevo los mismos, ya que en ese terreno, de nada me servían además de que me estorbaban, ya que no tenía las dos manos libres por si me fallaba algún punto de apoyo. Cada vez que saltaba alguna roca y tenía que dejarme caer, aunque solo fuesen unos pocos centímetros, una punzada de dolor subía por mi pierna izquierda desde la rodilla hasta la base de mi espalda, encogiendo mis músculos y provocando un pequeño quejido desde mis cuerdas vocales.

Llegados de nuevo a la cumbre, eran ya casi las seis y media, y el sol comenzaba a ocultarse por detrás de Cabeza de Hierro Mayor. Acelerando el paso en todo lo posible, me detuve un instante para poder coger algo de abrigo, ya que a pesar de que durante todo el día había estado el sol al descubierto, y con el trayecto siempre estábamos en una temperatura más que agradable, ahora con su ocultamiento, se había quedado tan solo el viento y el resplandor anaranjado del astro rey tras las montañas, y el frío se te quedaba adherido a la piel de los brazos y las manos, con un dolor profundo en los huesos.

Separándome del grupo un instante, dejé mi mochila en el suelo, y comencé a revolverla con celeridad, rebuscando en su interior el forro naranja que me había traido. Cuando lo encontré, me lo puse depisa y corriendo, anudé de nuevo la mochila, me la colgué a la espalda y volví a coger el camino. Mis compañeros se habían separado bastante de mi, y los tenía a una distancia de unos cien metros, por lo que tuve que acelerar el paso, acto que agradecieron mis pies regalándome una serie de pinchazos en la planta de los mismos, que yo tomé con gusto mediante una mueca de dolor.

Mientras iba acercándome a ellos, en un tramo en el que les perdí de vista al pasar por entre unas rocas, escuché un ruido a mi espalda, a lo lejos, y giré la cabeza para ver si vislumbraba algo. Evidentemente nada había allí excepto sombras, matorrales y piedras, muchas piedras. La esquizofrenia me estaba jugando malas pasadas, y yo aceleraba el paso cada vez más para dar pronto alcance a mis compañeros.

Cuando por fin giré por entre las rocas en los que había perdido de vista al grupo, los vi a todos parados, muy juntos. Parecía que estaban urdiendo un plan o algo parecido. Cuando llegué allí me sorprendió el ver que sólo estaban bebiendo agua y que estaban tan juntos debido al mismo miedo que a mi me tenía aterido desde hacía casi una hora. Todos, como yo, se abrigaron, y de nuevo seguimos nuestro camino, mirando cada vez más hacia atrás, por si acaso veíamos alguna señal de algo extraño.

Ya estábamos a escasa media hora del final de trayecto, y parecíamos indios en plena caza por los desiertos americanos; todos en fila india, uno detrás de otro y en silencio, como si estuviésemos en un entierro. Avanzábamos muy deprisa, sin casi pararnos a mirar dónde se encontraban los Itos. Con tan poquita luz era casi imposible reconocerlos entre tantas piedras, pero ya no le dábamos importancia, distinguíamos a lo lejos el final de la caminata, y con eso nos valía.

Al final nos cazó la noche. Eran las siete y sólo nos quedaban quince minutos para llegar a los coches y abandonar aquella sierra que nos había metido el miedo en el cuerpo. La Luna estaba en lo alto del cielo, iluminándonos el camino. Nunca había estado en una situación así, y jamás se me habría pasado por la cabeza el que la Luna fuera capaz de iluminar tanto en ausencia de cualquier otro foco de luz.

Miraba al cielo, y parecía el cielo perfecto para una película de terror. Aunque pensándolo mejor, tambien el ambiente era el idóneo, hasta el argumento. Un grupo de montañeros expertos, se encuentran regresando a sus vehículos despues de una dura jornada, cuando les sorprende la noche, entonces un monstruo proveniente de las más oscuras pesadillas de cualquier niño, irrumpe en su camino matándolos uno por uno, y dejando a sus pobres víctimas muertas y desangradas a escasos metros de sus coches.

Cuando ya estábamos llegando al aparcamiento, e incluso ya veíamos la barrera que en el principio de nuestro camino obstruía la entrada al monte, Rocco comenzó a llorar y en un estallido de aullidos de dolor, comenzó a correr hacia el coche, provocando en nosotros una tremenda estampida, y olvidándonos todos por completo del cansancio, y de las agujetas.

Estábamos a escasos metros de los vehículos, cuando un aullido, similar al que escuchamos a primera hora de la mañana, rompió el silencio de la noche.

Si pudiera expresar lo que en ese momento sintió mi cuerpo, estoy seguro que más de uno dejaría de leer esto que estoy escribiendo. Mis piernas empezaron a temblar, y mi boca, seca que estaba ya de la carrera que me había pegado, tenía un sabor metálico desgradable. El vello de mi nuca se erizó, y sentí como mis esfínteres se retorcían de miedo al escuchar ese sonido. Miré a mi alrededor, y pude observar como mis compañeros y amigos se encontraban como yo, absortos con el sonido, y con una mueca de terror en sus rostros.

Decidimos que lo mejor era irnos de allí, y rápido. Guardamos nuestras mochilas en los maleteros, nos despedimos cada uno de los demás a toda prisa, y arrancamos los coches, dejando atrás la Sierra de Guadarrama y todos sus secretos a merced de la Luna Llena, que aun se encontraba arriba en el cielo iluminando la serranía.

Lamadme paranoico, pero mientras bajábamos por la oscura carretera, solo iluminada por los faros del coche, hubo un momento en el que cuando las luces encendieron una de las zonas llenas de maleza del lado derecho de la carretera, me pareció ver como un brazo enorme y lleno de pelo acabado en monstruosas garras, apartaban unas ramas, y su imagen desaparecía de mi retina, al apartar el coche las luces de esa zona.

Tras el trayecto hacia Alcorcón en el coche, y ya parados en la barra de un bar de la zona con unas cervezas en la mano, Ángel y yo hablábamos de lo duro que había sido el camino, y de lo estúpido de nuestro comportamiento al dejarnos llevar por el pánico. Unos adultos hechos y derechos, corriendo por una carretera detrás de un perro aterido por el miedo, y metiéndose en los coches como si una bestia los estuviera persiguiendo. Nos habíamos dejado llevar por el miedo.

Acordamos no contar nada de esto por miedo a que se rieran de nosotros y nos despedimos en la boca de Metrosur de Parque de Lisboa. Bajé por las escaleras mecánicas y ya dentro de la estación saqué el billete hacia El Casar, donde tendría que sacar otro de tren para hacer transbordo hasta mi casa en Valdemoro.

Mientras iba en el metro leyendo el libro que había llevado conmigo, iba recordando todo lo que nos había pasado, y la risa se apoderó de mis pensamientos. No podía parar de reirme, y la gente me miraba como si estuviera loco. No entendían donde estaba la gracia. No sabían si era por algo que hebía leido en el libro, si me estaba riendo de alguno de los que estaban en el vagón, o simplemente que el chaval de la enorme mochila y la ropa de montaña, estaba como una puta cabra.

El caso es que tras un trayecto de una hora y media, y setenta páginas de Eldest, llegué a mi casa con una sensación de triunfo similar a cuando coronamos aquella tarde la Cabeza de Hierro. Mi novia me esperba en el sillón, con una sonrisa en la cara. Le di un beso en los labios, que por cierto me supo mejor que cualquiera de las cosas que me había tomado aquel día, y me preguntó por mi experiencia. No hace falta decir que la historia del aullido la omití por motivos obvios.

Tras ver entre los dos las fotos de la excursión en la cámara, me desnudé y me metí en la ducha, que mi chica había llenado para que me diera un buen baño de agua caliente. Mientras estaba allí relajado y sumergido en el agua tibia, me asustaba al pensar en lo real que había sido aquella experiencia, y en lo primitivos que pueden llegar a ser los actos de las personas cuando se ven atenazados por el miedo.

Mi novia apareció por entre las cortinas de la ducha para informarme de que se acostaba, ya que aunque eran las diez y media de la noche, ella tenía que ir a trabajar hoy Domingo. Le dije que muy bien y que en un rato me acostaría yo tambien. Pasados unos minutos, salí de la bañera, y empecé a temblar, aterido de frío. Estaba helado y los dientes me castañeteaban de puro temblor. Me sequé rápidamente y me afeité para a continuación recoger el baño y prepararme un buen vaso de leche con cacao.

Frente a la tele y a oscuras en el salón, puse las fotos en la Playstation 3 que me había regalado mi novia, y observé cada una de las imágenes que había tomado. Nada. No había ninguna imagen digna de enviar a algún especialista de fenómenos paranormales. Aun tenía la esperanza de que apareciera en alguna de las diapositivas una imagen de esas que no se ven cuando estás tomando la foto, y luego al revelarla, aparece ahí, frente a ti, sin ninguna explicación aparente.

Tras el fiasco con las fotos, apagué el televisor, y me fui a la cama. Me costó dormirme, ya que sentía que mi temperatura corporal era algo elevada, y ahora mismo pienso que lo que pasó es que me subieron unas décimas de fiebre. Me he pasado toda la noche dando vueltas en la cama, inquieto, y así me lo ha dicho mi novia cuando a las seis de la mañana se ha ido a trabajar. Después de esto, no he podido dormir y me he tenido que levantar a escribir esto.

Esto es todo lo que me pasó ayer mismo, y ahora que estoy aquí, plasmando lo acontecido, siento que la experiencia ayer vivida, no se me olvidará jamás y siempre estará grabada a fuego en mi cerebro.

El qué sucedió realmente, es algo que nunca lograré averiguar.

Un día de montaña -Parte 1-



Ayer, me fui de casa muy temprano preparado para vivir una aventura inolvidable. Mi intención era realizar la famosa Cuerda Larga de la Sierra de Madrid. Una caminata que empieza su recorrido en el Puerto de La Morcuera, y finaliza en el Puerto de Navacerrada. Pero el plan era salir desde la Morcuera, coronar la Cabeza de Hierro Mayor, una pequeña cumbre de dos mil trescientos ochenta y tres metros, y volver sobre nuestros pasos, ya que tendríamos aparcados los coches en el lugar de la Salida.

Por la mañana, cuando me levanté, los nervios afloraban en cada uno de los ángulos de mi rostro. Nunca había hecho algo así, coronar una cumbre tan alta. Es cierto que para los expertos en senderismo, esta ruta es más bien facilona, pero la verdad era que mis pies tan sólo habían realizado cuatro salidas a la montaña para realizar alguna ruta larga, por lo que la perspectiva de hacer un camino que en principio se presentaría duro, le daba a mi cara un rictus de lo más gracioso.

Comencé a prepararme la mochila, echando los utensilios más importantes para hacer el camino lo más cómodo posible. Abrigo, camiseta y botas de cambio, calcetines, agua, bebida y barritas energéticas, vendas, un frontal para por si acaso nos sorprendía la noche, y, como no, el almuerzo.

Salí temprano de mi casa, a eso de la seis y media de la mañana. Cogí el tren y abrí el libro que me estaba leyendo, la segunda parte de Eragon y me acomodé en el asiento. Para mi desgracia, y gracias a mi despiste, al llegar a El Casar y coger el Metrosur, me equivoqué de trayecto, y en vez de cogerlo en el sentido apropiado, lo cogí en el contrario, por lo que llegué a la cita tarde. Después de llegar a Alcorcón, donde había quedado con uno de los miembros de la "Expedición", nos metimos en su coche y nos dirigimos hacia el norte de la provincia madrileña, a unos sesenta kilómetros de nuestra posición, para encontrarnos allí con los otros cuatro integrantes excursión.

Al llegar al aparcamiento del Puerto de la Morcuera, dos de nuestros compañeros estaban allí esperándonos, divirtiéndose a su manera: Uno de ellos le tiraba al otro una piedra, y el segundo corría como un poseso a por ella, para traérsela y, de nuevo comenzar con el juego. Nuestros dos juguetones amigos se llaman Fernando y Rocco, el perro de este y con diferencia, el más valiente de todos nosotros.

Despues de los saludos de rigor, y tras un rato hablando de lo dura que podía ser la ruta, me percaté de que Fernando iba en pantalón y manga corta, cosa que me impresionaba, ya que yo llevaba mi pantalón largo y mi camiseta térmica junto a mi forro polar, y me temblaban todos los huesos del cuerpo. Hasta Rocco se sobresaltaba cada vez que se acercaba a mi, debido al castañetear de mis dientes, ateridos por el aire frío de la mañana.

Por fin, y con cuarto de hora de retraso, aparecieron los otros dos miembros de la expedición, Suso y "Cielito" (una broma de mi novia, de la que son todos compañeros de trabajo) con su característico humor de pueblo (mis respetos para todos aquellos que se sientan identificados con los personajes). Tras sacar todo el material de sus maleteros, y guadar las barras de pan en las mochilas, cerramos los coches y nos encaminamos a través del asfalto de la carretera hacia el campo abierto, a unos cien metros de allí, y que limitaba el paso de los coches mediante una barrera de hierro, como un paso a nivel.

El día era estupendo. El sol era radiante por encima de nuestras cabezas y aunque el aire que venía del norte, impregnaba nuestro cuerpo de frío, al cabo de diez minutos me tuve que quitar el forro polar porque me estaba achicharrando dentro de él como un pollo en el horno.

Mientras caminábamos por aquel paisaje, mis pies respondían perfectamente, a pesar de que las botas que llevaba no tenían todavía muchos kilómetros bajo sus suelas, lo que hacía que aun no estuvieran domadas del todo y me hicieran un poco de daño en la parte trasera del tobillo.

Las risas y el jolgorio inundaban nuestra caminata. Mientras íbamos uno detrás de otro siguiendo el sendero por entre las piedras del camino, el verdadero líder de la excursión, Rocco, hizo uso de su digna posición, colocándose en primera línea, y nos guió durante todo el trayecto, de principio a fin del mismo.

Rocco era un pequeño Fox Terrier de color negro, con trece años a sus espaldas. Su dueño, Fernando, se lo llevaba todos días a caminar por la céntrica Casa de Campo madrileña y en casi todas sus excursiones a la montaña, por lo que el fondo físico del perro, era claramente superior al mío, con mucha diferencia.

Por fin, despues de un buen trecho caminando por terreno llano, comenzó la primera de las subidas. El terreno era bastante pedregoso y salpicado de numerosas jaras y retamas y cada dos por tres teníamos que serpentear debido a la cantidad de las mismas que crecían por entre el camino.

El comienzo de la subida, no resultó muy duro, ya que nuestros pies aun se encontraban oxigenados y llenos de vida, y el cansancio aun no se había apoderado de nuestros cuerpos, por lo que afrontamos el primer ascenso con una sonrisa en los labios y con unas risas que se vieron agradecidas por los ladridos del líder.

Mientras subíamos hasta los dos mil ciento diecinueve metros de la cumbre de La Najarra, la pared de la misma quedaba a nuestra izquierda, mostrando un hermoso contraste de amarillos y verdes sobre la superficie blanca de la piedra que predomina en aquella zona. Al mirar hacia arriba de la pared, un grupo de enormes piedras coronaban la salpicada superficie de vegetación, y al fondo de esta, pudimos observar como unos cinco caballos de color marrón y otro más pequeño de color gris oscuro se alimentaban de la vegetación mientras de vez en cuando, realizaban mordaces miradas hacia la base del monte, donde nos encontrábamos nosotros, supongo que por si a alguno se nos ocurría romper la paz de su tempranero desayuno.

Pero no fuimos nosotros los que rompimos su aparente tranquilidad. De repente, y proveniente de algún lugar que no supimos distinguir, algo parecido a un aullido, pero mucho más agudo y escalofriante, rebotó contra el muro de roca y se metió por entre nuestros oidos, provocando una mirada de asombro entre todos nosotros. Ángel, experto montañero que ya ha coronado cumbres como el Annapurna en la India, el Kilimanjaro y el Meru en Tanzania o el Atlas en Marruecos, además de muchos otros picos españoles, nos miró a todos evidenciando que aunque en las cosas de la montaña tenía aun mucho que enseñarnos, esa voz animal no la había escuchado nunca, a pesar de haberse encontrado frente a bestias salvajes como guepardos o gorilas en las alturas de Tanzania.

Los caballos, ateridos por el miedo, rompieron a correr en todas direcciones mientras nosotros nos mirábamos los unos a los otros, y Rocco no paraba de ladrar en todas direcciones. Nos costó un buen rato calmar al perro, ya que el sonido le había cogido de sorpresa a él también y le había puesto bastante nervioso.

Despues de un buen rato mirando en todas direcciones en busca del origen de aquel extraño sonido, y de discutir entre nosotros sobre qué animal pudo ser el causante de aquel infernal sonido, no nos pusimos de acuerdo. Al final, y mas por acabar la discusión que por llevar razón alguna, determinamos que debido a la acción del viento, la pared de roca, y el extremo silencio que roza aquella zona, todo ello junto provocó aquel extraño sonido.

Mas calmados despues del susto, y despues de un largo ascenso, por fin encumbramos La Najarra. Aprovechamos el momento para beber un poco de líquido y echar unas fotos de la maravillosa vista que teníamos desde la cumbre. Aunque había un poco de niebla en la base de la Sierra, la vista era preciosa. Los pueblos de alrededor se veían como pequeñas maquetas de madera y ladrillo y el cielo y las nubes eran dignos de retratar con las cámaras que portábamos.

Despues de recrearnos con los bonitos paisajes de nuestro alrededor, nos encaminamos hacia la segunda cumbre, que se veía desde nuestra posición y no parecía muy difícil de ascender viendo lo que habíamos conseguido hasta el momento.

Pero cuando nos encaminamos hacia la siguiente cota, cuál es nuestra sorpresa al descubrir que la meseta en la que nos encontramos, está repleta de Cabras Hispánicas de todo tipo, machos, hembras, jóvenes... Los machos, con unos cuernos impresinantes eran los que mas seguros se encontraban en nuestra presencia. No se llegaban a acercar a nosotros, pero si nosotros no les hacíamos nada, permanecían quietos, pastando a su ritmo como si nadie les molestara en su plácido almuerzo.

Tras dejar a las "Cabras Pyrenáicas Victoriaes" mirándo como nos alejábamos de la zona, proseguimos nuestro camino, no sin antes esperar a que el jefe de la expedición les dijera a las mismas mediante ladridos, que no le parecía buena idea eso de que pacieran allí tan tranquilas, sin ni tan siquiera tenernos un poco de respeto. Cuando consiguió espantarlas, nos dio permiso para continuar. La verdad es que no sé qué habríamos hecho sin Rocco.

Seguimos nuestra ruta, y un par de cuervos de un tamaño nada pequeño nos acompañaron durante un buen rato amenizándonos el sendero con sus horripilantes graznidos. Era curioso ver cómo buscaban las corrientes de aire y se quedaban suspendidos mientras sus alas se extendían en toda su longitud hasta que lograban posarse en las rocas del suelo.

Por fin llegamos a la siguiente cota, la Cima de los Bailanderos, no sin antes haber pasado un buen rato divertido con Rocco. Para subir a la cima, hay que hacerlo a través de un buen puñado de riscos de color blanco, salpicados de unos líquenes de color amarillo, que en la distancia tornan a la montaña de un color arena muy característico. Durante unos diez minutos hay que ir abriéndose paso a través de las enormes rocas, saltando entre ellas como si de Cabras Hispánicas nos tratásemos. El pobre Rocco, estaba recién salido de una operación de artrosis en las patas traseras, y aunque él lo intentaba, la separación entre las rocas provocaba que no fuera capaz de saltarlas, haciendo infructuosos los intentos por avanzar por la pedrera. Cogiendo con un brazo a Rocco y con el otro los bastones, nos abrimos paso entre el pedregal, hasta por fin llegar arriba, para después de dos minutos de camino, volver a descender por otras rocas como las anteriores.

El camino hasta aquí había sido fácil, con todo el sendero marcado por señales pintadas en las rocas en forma de bandera de color rojo y blanco. Le pregunté a Ángel qué significaban esas señales, por qué esos colores, y me contestó que esos dibujos marcaban que esto que estábamos recorriendo era una Gran Ruta Senderista, y que las Pequeñas Rutas, se marcaban con señales similares, pero en vez de rojo, se usaba el color verde. Al pasar entre las rocas, había trozos en los que no se veían los colores, y en esos casos las señalizaciones eran marcadas por "Itos", una pila de pequeñas piedras acumuladas sobre grandes rocas y a la vista que iban marcando el camino a seguir. El problema era que entre tanta piedra, a veces perdías la perspectiva del cerca-lejos y los Itos desaparecían como si estuvieran camuflados.

Por fin salimos de aquel laberinto de rocas, y comenzamos a descender por un camino bien marcado por las miles de piernas que habían pasado con anterioridad por allí. Mientras íbamos caminando en soledad por aquella zona de la montaña, venían a mi cabeza imágenes de los antiguos pastores y amantes de la montaña, en la época medieval, ataviados con simples alpargatas y ropas de abrigo de lo mas burdas, atravesando esas mismas cimas, y me maravillaba al pensar la resistencia que podrían tener para aguantar tales caminos y con unos medios tan limitados.

Nos estábamos acercando a nuestro objetivo, la Cabeza de Hierro Mayor, y ya la divisábamos a lo lejos cuando un movimiento por nuestro costado derecho llamó la atención de todos nosotros. El ruido de la maleza al ser atravesada por algún animal mientras se roza con la misma, levantó las orejas de Rocco, que sin pensárselo, corrió tras el origen del sonido. Fernando llamó a gritos al Fox Terrier, pero claro, como éste era el jefe, pasó de él y se perdió entre las jaras.

Mientras nos acercábamos al origen de aquel ruido, Rocco apareció por entre los hierbajos con las orejas tiesas de satisfacción y mirándonos con la cabeza ladeada, como preguntándose qué hacíamos desviándonos del camino. Cuando llegamos donde se encontraba, encontramos el origen del sonido. Una pequeña cabritilla esta desparramada en el suelo, con el abdomen abierto y dejando ver sus tripas. Aun se encontraba caliente, y de la zona estomacal salía un pequeño vaho debido al contraste entre lo ardiente de sus vísceras y el frescor de la mañana. Su cuello estaba roto en una postura un tanto extraña, por lo que supusimos que el animal habría tropezado en alguna roca y había provocado su caida en la montaña.

Lo extraño de aquello era el cómo había llegado hasta allí, ya que nos encontrábamos a unos cuatrocientos metros de la formación rocosa anteriormente descendida. Intenté buscar el origen de la caida, oteando el horizonte, hasta que encontré a unos cien metros una pequeña formación rocosa compuesta de grandes pedruscos de caliza, por la que una pequeña cabra inexperta podría haber perdido el equilibrio.

Mientras los cinco mirábamos absortos la injusticia de la Naturaleza, un batir de alas a escasos metros de nosotros provocó un respingo en nuestros cuerpos, concentrados en la muerte del animal. Un cuervo se había unido al festín, y sutilmente nos estaba pidiendo un poco de intimidad.

La verdad es que llevábamos un día digno de contar a nuestros amigos, pero aun nos quedaba la subida a Asómate de Hoyos y nuestro lugar de coronamiento de la excursión, la cima de Cabeza de Hierro Mayor.

Tras parar un momento y darle un par de tragos a la bota de vino de "Cielito", mi cuerpo notó como el sabor especiado del líquido bajaba por cada una de mis articulaciones y me daba nuevas fuerzas para emprender el camino que nos quedaba. Comenzamos de nuevo a andar, y en un breve espacio de tiempo, nos encontrábamos a dos mil doscientos cuarenta y dos metros de altura, mi tercer dos mil desde que había nacido.

Mi orgullo crecía a cada metro que íbamos subiendo, y mi cabeza soñaba con la subida de picos más difíciles y complicados como el Almanzor, el Monte Perdido o incluso el Mulhacén, en Sierra Nevada. ¿Quien sabe? Pensaba. Mis compañeros de trayecto no bajaba ninguno de los cincuenta y cinco años, y eran capaces de realizar estas proezas como el que baja al súper a por una barra de pan, mientras que yo, con veintinueve años, y aunque un poco tarde para comenzar con esta nueva aficción, estaba comenzando a sentir un poco de dolor e mi tobillo derecho, pero con un poco de entrenamiento y esfuerzo, me veía capacitado para seguir llevando este hobby a cotas más altas, nunca mejor dicho.

A cada cima que subíamos, la vista era más hermosa. Los contraluces que provocaba el sol al quedarse tras la nubes, creaban un aura fantasmagórica en la base de las montañas y parecía sacar de un cuento antiguo aquellos preciosos paisajes. Desde donde nos encontrábamos, por fin pudimos distinguir la visión de nuestro objetivo, Cabeza de Hierro Mayor.

Nos quedaban más o menos unos tres kilómetros para alcanzar la cumbre, pero antes teníamos que atravesar la extensión de piedras llamada Loma de Pandasco, que separaba las dos cimas mediante esa distancia.

Reemprendimos el camino, y mis piernas ya me iban advirtiendo que si bien, iba a ser capaz de alcanzar la cima, la vuelta no iba a ser nada fácil, ya que a mi, y no sé si a otros les pasará lo mismo, lo que realmente me costaba no era realizar las ascensiones, sino todo lo contrario. Los descensos me costaban un sufrimiento, ya que al bajar las laderas, mis dedos de los pies tocaban con la punta de las botas y provocaban un dolor muy intenso que me atenazaba los músculos de las pantorrillas. Y precisamente cuando llegáramos a la base de la montaña para comenzar su ascenso, tendríamos ante nosotros una pendiente bastante pronunciada, que luego habría que bajar.

Despues de casi una hora caminando y parándonos de vez en cuando a esperar a Suso y a "Cielito" que siempre iban rezagados y de pasar entre las rocas con el jefe en brazos, llegamos a la base de Cabeza de Hierro. La imagen era, desde el punto de vista de un inexperto como yo, aterradora. Cuelquier montañero acostumbrado que lea esto, pensará que estoy exagerando, pero nada más lejos de la realidad. Visto desde mi posición, era como una enorme cuesta empinada de más de trescientos metros en la que no entendía cómo las rocas no comenzaban a caer por la pendiente debido a su inclinación.

Para dar muestra de lo difícil que sería el afrontar su subida en línea recta, el sendero marcado ascendía en zig-zag, para favorecer a las piernas y no obligarlas a ir de contínuo en el sentido contrario al descenso.