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domingo, 21 de noviembre de 2010

Enterramiento Oscuro. Parte II

Bajo la preciosa bóveda pintada de color azul y ante los escrutadores ojos de su Señor y su Señora, los tres operarios se afanaban en cumplir a rajatabla las estrictas normas de su profesión.

Con ayuda de una polea, empezaron a bajar el ataúd al foso. Éste pesaba casi cuatro quintales en vacío, y con el cadáver de la princesa en su interior sobrepasaba los cinco con mucho. Mientras arriba, Andreu y José mantenían tensada la cuerda con el féretro en vilo, Juan, sujetándolo con mucho cuidado, lo orientaba hacia el suelo con la delicadeza de un mecánico de relojes. Cuando éste por fin estuvo posado en el piso de tierra húmeda, el anciano les pidió que lo alzaran un poco para poder situarlo en la posición correcta, con la cabeza de la fallecida hacia el Norte y sus pies hacia el Sur.

Al acabar esta acción, José le señaló al chico la zona del confesionario, bajo el ábside principal, y éste inmediatamente entendió los ademanes de su compañero. Se encaminó hacia el fondo del templo, subió un cajón de madera sobre la carretilla y empujándola, acercó su contenido al borde del foso. Después, ató la cuerda de la polea a la caja que contenía las herramientas y con mucho cuidado de no acertar a su maestro en la cabeza, la hizo descender con delicadeza.

Terminada la parte de la recogida de la cuerda y la polea, Juan subió y ayudó a Andreu y a José a colocar las cinchas para la sujeción y el posado de la losa sobre la plataforma de madera. Ésta estaba provista de ruedas para facilitar el traslado del enorme peso, y en cada una de las esquinas había una hondilla hecha con cuerda trenzada que permitiría a los dos jóvenes sujetarla en alto mientras procedían a la colocación de la piedra en la tabla. Una hora completa les llevó realizar este trabajo a los dos aprendices, tiempo que el maestro empleó para dar forma al estrecho tocón de madera que Andreu le había acercado. Tras comprobar que su aspecto era el correcto, abrió el ataúd e inspeccionó su interior. Se persignó tres veces y se sentó en el suelo de tierra, esperando a que sus pupilos llegaran para seguir con el procedimiento.

Pronto llegaron los dos chicos y comenzaron a echar al fondo del foso las rocas que habían transportado desde el jardín. Un aroma dulzón atravesó la puerta de la catedral, impregnándolo todo de un olor a violetas muy característico en estos trabajos, símbolo de que el mal estaba al acecho observando el proceder de aquellos tres minúsculos mortales.

Una vez todas las rocas se encontraron en el interior del agujero, Juan miró seriamente a Andreu, y sin proferir palabra realizó un gesto de asentimiento con la cabeza que el chico no tardó en interpretar. Alejándose de la zona de trabajo, cerró las puertas de la catedral, que acompañaron al sonido del viento con el chirriar de las bisagras, oxidadas por el paso del tiempo. Cuando las dos enormes piezas de madera se juntaron, Andreu cerró los goznes de hierro forjado, y se arrodilló en el suelo frente a la puerta con la vista en dirección a la imagen de Jesucristo crucificado. Sus brazos, abiertos hacia los lados como los del Señor, mandaban una súplica. Él les protegería de lo que iban a hacer a continuación. A partir de este momento, nadie entraría en la catedral hasta el día siguiente, al amanecer.

-¿Estáis preparados? –Preguntó el anciano mirándolos a los dos a la cara y con expresión sombría tras esperar la llegada de ambos. Los dos asintieron con la cabeza sin titubear. –Si es así, procedamos.

Juan levantó la tapa de su cajón lleno de herramientas y sacó de su interior una enorme cuchilla metálica pulida. Tenía forma de cruz, y los bordes inferiores estaban afilados como los de una guillotina. La dejó dentro del ataúd, cerca de la roja cabellera de la princesa y siguió sacando objetos del arcón. El rosario, el trozo de madera al que había dado forma anteriormente y una enorme maza del mismo material fueron apareciendo de su interior y aposentados sobre el cuerpo de la joven fallecida.

Andreu, nervioso y casi en éxtasis, cogió una de las grandes rocas y la estrelló contra la espinilla izquierda del cadáver, escuchando el chasquido de los huesos astillados de la princesa. Sin dejar pasar ni un segundo, cogió otra de las piedras y la estampó sobre la otra pierna. A la vez que el chico colocaba los bloques sobre los tobillos de la doncella, José hacía lo mismo contra sus brazos y sus caderas, asegurándose de vez en cuando de su perfecto posicionamiento mediante unos golpecitos con la palma de la mano en la superficie de la roca. Todo iba a la perfección, y ya eran casi las siete de la tarde.

Andreu cogió el rosario plateado que su maestro había estado puliendo en la mañana, y lo acercó a las manos de la princesa. Con ellas levantadas, empezó a darle vueltas alrededor de las estrechas muñecas, haciendo fuerza a cada una de ellas para asegurarse de que el nudo no se soltaría jamás. La frialdad de la piel de la joven estremecía el alma de Andreu, provocando millones de estímulos extraños en su mente.

Terminado el atado, asintió, sabiendo que su parte estaba terminada. Acercó a José la piedra más pequeña que habían traído y se apartó un poco de la zona de trabajo. Éste, con mucho cuidado, abrió la boca de la joven y haciendo fuerza con las manos empujó hacia abajo su mentón. Sus blancos dientes como perlas aparecieron por entre aquel abismo negro del que escapaba un aroma agrio a putrefacción. Intentando olvidarse de esos signos, introdujo la piedra en la boca del cadáver y la asentó contra los dientes con un sonoro golpe de la maza. Un crujir sordo heló la sangre de Andreu.

A todo este trabajo acompañaba la figura de Juan, que movía su cuerpo con una efectividad tal que al chico le parecía que el anciano levitaba y sus pies no tocaban el suelo que estaba pisando. Supervisaba las acciones de José asintiendo de vez en cuando, y acercando en ocasiones sus manos para modificar la posición de alguna de las rocas.

Acabada la fase de las rocas medianas, el maestro cogió la pieza de madera tallada y la levantó hacia la bóveda azul, como ofreciéndosela al cielo, al Señor Todopoderoso. Miró a sus pupilos, y éstos asintieron. Mientras, José cogió la cuchilla con forma de cruz y se arrimó al borde del ataúd.

Sin dudar ni un segundo, Juan dejó caer la estaca de madera y con un sonido húmedo atravesó el pecho de la dama. De repente, la cetrina piel del cadáver se volvió gris, y las venas cercanas a la superficie se dejaron ver a través de la carne de su dueña. Cambiaron a un tono azulado, para de inmediato transformarse en un violeta fuerte y enfermizo. Ésta levantó la cabeza con vigor, y chilló con toda la rabia de su malévola naturaleza, despertando en Andreu un miedo primigenio.

Juan, sin inmutarse, golpeó tres veces mas contra el pecho del cadáver con toda la fuerza de su alma. El cuerpo antes muerto de la princesa, intentaba patalear, deshacerse del peso de las rocas, pero no lo conseguía. Sus manos se abrían y se cerraban como garras de águila, y a cada estertor su piel cambiaba de color a causa de las numerosas venas visibles a través de aquella piel casi transparente.

Al cabo de unos segundos infernales y eternos, la doncella dejó de patalear, y tan solo un gruñido comenzó a escaparse de su garganta, como un gorgoteo. Juan, seguido de Andreu, se acercó a la última roca que coronaba la estancia y con ayuda del joven pupilo la colocaron sobre la estaca, que atravesaba por completo el corazón de la bestia hasta tocar con la punta el fondo satinado del féretro.

Mientras todo esto ocurría, la princesa no paraba de gruñir, y aquel gutural sonido salido de su garganta reverberaba por toda la catedral acrecentando en Andreu esa sensación de malignidad que le acechaba desde la mañana. Miraba a su antigua señora con un miedo innatural, mientras ésta movía sus ojos verdes de pesadilla hacia todos los lados y sus cabellos rojos y peinados se iban oscureciendo cada vez más.

Juan, cargado con la experiencia del que hace un trabajo todos los días, pidió a José la cuchilla con forma de cruz y la posó contra la garganta del demonio encarnado en la joven muerta. Llamó a Andreu y éste se acercó al cadáver con la maza en la mano. Un leve temblor se había apoderado de su muñeca.

-Acábalo. –Susurró su maestro.

Su semblante se estremeció. Una rigidez confusa se apoderó de sus sentidos cuando notó cómo aquellos ojos verdes se clavaban en los suyos suplicándole perdón.

- No lo hagas. - Le decía una voz femenina en su mente. - Yo te llenaré de amor, de poder, de sensaciones que jamás podrás experimentar en tu vida mortal. Te colmaré de caricias, de besos y de toda la lujuria que aun no has sido capaz de paladear. Porque ¿Aún no has retozado con una dama en su lecho, verdad Andreu? - Su voz le tenía hipnotizado, perplejo. Le obligaba a mirarla fíjamente a los ojos. Unos ojos cargados de verdad, de buenas intenciones...

Provisto de una energía que no sabía que poseía, levantó sobre su cabeza la pesada maza y la dejó caer, otorgándole a ese movimiento toda la furia que había estado acumulando durante las últimas horas. A pesar del miedo que tenía a fallar el golpe, aumentado por el escalofriante sonido que salía de la garganta de la muerta, acertó en el centro de la cruz y su filo atravesó el cuello de la joven, quedándose clavada en la madera del fondo.

Un líquido negro como la brea y maloliente como las aguas de un pantano, empezó a manar de la herida de la doncella. Brotaba de su cuello como si este fuera un manantial, inundándolo todo de aquel aroma infernal. Tras el golpe, el silencio volvió a reinar en el templo y todo lo que siguió a continuación fue acompañado de la quietud y la paz en la divina estancia.

Después de sacar del agujero todas las herramientas, Andreu bajó al foso y colocó la cabeza de la princesa en sus propios pies, entre dos de las piedras de los tobillos. Cerró la tapa y dejó la herramienta con forma de cruz sobre el ataúd.

Tardaron dos horas más en cubrir todo con la tierra extraida del cementerio del exterior, y una vez llena la tumba, colocaron la losa de piedra y la sellaron con el mortero sobrante de la mañana, aun húmedo gracias a la fresca temperatura del sagrado recinto.
La piedra no rezaba ninguna inscripción. Era una tumba muda, anónima.

Al amanecer del nuevo día, el pueblo seguía como antes, imperturbable e ignorante de lo acontecido en su propio templo, despidiéndose de tres figuras humanas y una mula que se alejaban de la capital, dejando atrás una princesa muerta y enterrada bajo suelo sagrado.

Cuando el sol apareció en el horizonte, una princesa de cabellos rojos como el fuego y ojos verdes como la espesura del bosque, sólo veía oscuridad en su lecho y la convicción de que el tiempo sería eterno para ella.

Basado en hechos reales.

Enterramiento Oscuro- Parte 1

Las puertas de la catedral se encontraban abiertas de par en par y la luz del día se filtraba por entre los cristales de las vidrieras, dando al ambiente un alegre color artificial que ayudaba de manera sobrenatural a la tarea de los tres hombres allí atareados. Juan, José y Andreu trabajaban a destajo. Sus cuerpos no paraban de sudar por culpa de la época en la que había muerto la princesa. Era pleno verano, y las campanas de la catedral acababan de tocar las doce.

Tras hacer un hoyo en el suelo y echar toda la tierra en su carretilla de madera, José llevó el último viaje hacia la catedral con ésta llena de tierra y huesos de antiguos cuerpos enterrados. Lo que estaban haciendo, no pasaría de ser visto como un pecado sublime a ojos de los parroquianos. Desenterrar restos de niños y ancianos no aparecía en ninguno de los libros con los que ellos mismos habían sido educados.

Andreu, el más joven de la cuadrilla, se encontraba bajo la imagen de una Virgen que sujetaba en brazos a un recién nacido Jesucristo, envuelto por una fina mantilla de color azul. Su cometido era el de terminar de forrar las paredes de la fosa con un sólido muro de ladrillos de arcilla cocida. Llevaba ya tres cuartas partes cuando apareció sobre él la anciana figura de Juan, el más veterano de los tres y supervisor de tan extraño trabajo.

- ¿Cómo lo llevas Andreu? - Preguntó, acuclillándose sobre el borde del agujero y mirando a su aprendiz desde arriba.

- Como puedo maestro, como puedo. Este calor me está matando, y no quiero ni hablarle de mis nervios. Sigo diciendo que este trabajo no me gusta. Si me da miedo tratar con ciertos vivos, no le quiero ni mencionar con los muertos.

Mientras hablaba, Andreu se frotaba con su mano derecha la frente, intentando infructuosamente limpiarse el sudor que caía en sus ojos y consiguiendo en su lugar manchar de barro sus pobladas cejas negras.

- ¿Cuántas veces te tengo que decir… - Comenzó a decir Juan, pero sin terminar la frase por culpa de la grave voz de José, que llegaba con el carro lleno de tierra, empujándolo hasta el borde del agujero.

- … que los que tienen que preocuparte son los vivos, ya que los muertos son inofensivos. – Replicó con una sonrisa en la boca. – Por eso están muertos, ¿No? Pero esta muerta tiene trampa maestro. Entienda al chico, aún es muy joven.

Juan miraba a su primer discípulo con orgullo. Le gustaba su manera de ser, ya que aunque decidido en su trabajo, también era previsor para todo lo que hacía, evitando así cualquier cabo suelto.

- Bueno, bueno… Démonos prisa que se nos echa encima la noche y aun nos queda traer la losa de piedra hasta aquí. – La mano de Juan señalaba hacia afuera, a una gran tapa rectangular de roca gris que se encontraba apoyada sobre la pared en la entrada de la catedral, junto a las dos gigantescas puertas que daban la bienvenida al recinto sagrado.

Pasaron las horas, y el joven aprendiz terminó el trabajo que le habían encomendado. Salió del foso por la escalera de madera que había colocada sobre el borde del agujero y apoyó su mano derecha sobre una las baldosas de mármol blanco que formaban el precioso diseño con forma de tablero de ajedrez que constituía el piso del templo. Le temblaban los músculos de los brazos debido al esfuerzo, y le dolían las manos al intentar cerrarlas. Pero el trabajo merecería la pena. Toda aquella diligencia daría su fruto esa misma noche y serían recompensados con la gloria divina del Señor.

-¡Andreu! – Gritó Juan desde el lado más alejado del templo. –Si has terminado no te quedes ahí parado. Ven aquí y ayúdame con esto. – Juan, mientras hablaba, dejó de mirar al chico para seguir con la tarea que estaba realizando. Mientras con una mano sujetaba un rosario, con la otra embutida en un paño sacaba brillo al plateado metal del que estaba hecho el collar sagrado.

Andreu, presuroso, llegó en segundos al lugar que le señalaba su maestro y se apoyó con las manos bajo la barbilla observando los movimientos diestros de las manos del anciano. La delicadeza con la que trataba las esféricas piezas del rosario, mostraba la devoción y la rectitud con la que se entregaba su tutor con todo trabajo en el que se embarcaba.

-Maestro, -Comenzó el chico, buscando cada una de las palabras para no ofender al viejo. -¿De verdad necesita mi ayuda para sacarle brillo a ese rosario de plata? Creo que debería emplearme para trabajos más duros. No creo que su espalda aguante los esfuerzos como cuando era joven.

Sin dejar de trabajar en el pulimento del rosario, Juan volvió a humedecer con aceite el paño de algodón y siguió frotando con fuerza la cruz del final del objeto. Una sonrisa llenó su arrugado rostro.

-No te preocupes, Andreu. Para mi novicio preferido tengo otro pequeño encargo. Levanta la tela de donde estás apoyado, y con cuidado, lleva lo que tienes debajo de los codos al borde del nicho. Después llama a José, que creo que está en el cobertizo, cerca de los rosales, y dile que ya has terminado con tu parte.

Con cuidado, el chico sujetó la tela con su mano más limpia y tiró de ella, intentando apartar la cara de lo sabía que iba a aparecer tras el tejido de color granate. La tela se escurrió de la superficie de madera como si hubiera sido impregnada con aceite. Bajo la cruz bordada en hilo de oro, había un enorme ataúd barnizado en un color tan oscuro como la miel de las abejas. Aun se podían ver los pelos de la pequeña brocha con la que había sido extendida la capa protectora. Una pequeña ventana de la caja fúnebre mostraba la imagen de la princesa, muerta la noche anterior. Su rostro cetrino contrastaba con el verde profundo de sus ojos, que se encontraban abiertos y provocaban en Andreu súbitos escalofríos.

Pese a haber visto la muerte igual de cerca en muchas ocasiones, esta vez era diferente. La carne de aquel cadáver, aún después de haber perdido todo rastro de vitalidad posible, seguía aparentando la viveza con la que días antes se paseaba su dueña por los jardines de su palacete. Su piel estaba tensa, lisa, y las pocas arrugas que presentaba en vida alrededor de los ojos habían desaparecido de su sitio, dando a sus facciones un aspecto mas afilado y sinuoso. Los ojos eran lo peor del rostro. Aun seguían verdes, vidriosos, con un blanco limpísimo y puro, casi sobrenatural, y su gran pupila negra como el azabache mostraba una profundidad capaz de rivalizar con la del pozo más hondo del tercer círculo infernal de Dante.

Intentando no mirar aquella faz, Andreu comenzó a empujar el ataud ayudado de las ruedas de madera que se encontraban bajo la mole de pino lacada. Con el rabillo del ojo atisbaba levemente el subir y bajar de los tirabuzones rojos del cabello de la princesa.

Al llegar al borde de su agujero, dejó allí su carga y se encaminó hacia la puerta del templo en busca de José.

-¡Y no os olvidéis de las rocas! –Chilló Juan desde el final de la catedral, de nuevo sin levantar la vista de su trabajo.

José, como bien había dicho el maestro, se encontraba dentro del cobertizo del jardín, atareado con una rueda de afilador a la que daba vueltas con ayuda de su pie derecho. Mientras acercaba el filo de un pequeño cuchillo al borde de la piedra, de vez en cuando lo mojaba con un poco de agua que tenía dentro de un oxidado recipiente de latón.

- José, - Dijo Andreu al atravesar el quicio de la puerta del cobertizo - el maestro quiere que nos ocupemos ya de las piedras.

- Vale, ya he terminado con esto. Vamos para allá. - Contestó José mientras guardaba el cuchillo en la funda que colgaba de su cinturón.

Sin esperar a su compañero, el chico se dio la vuelta y cogió la primera piedra blanca. Pesaba alrededor de arroba y media, y era del tamaño de una calabaza mediana, por lo que no sin esfuerzo, comenzó a desandar el camino que le había traído hasta el cobertizo. José, siguiendo su estela, cogió una roca algo más grande y se encaminó hacia la entrada de la catedral.

Tras varios viajes más, los dos jóvenes se sentaron cerca del pozo del jardín con las manos en los riñones y con la respiración acelerada debido al esfuerzo realizado. Andreu no había podido aguantar el calor, y se había quitado la sucia camisa que llevaba puesta, dejando al descubierto los pequeños músculos que estaban comenzando a marcársele en su joven cuerpo. El sudor acumulado en los bordes de cada uno de ellos reflejaba el sol, y parecía que un aura de pureza le envolvía de manera divina, solamente manchada por los pequeños arañazos que le había propinado la carga de las piedras sobre su abdomen.

Por detrás de un seto con forma de corazón, asomó la cabeza Juan, con una jarra de agua fresca en la mano y tres vasos de arcilla en la otra. En una bolsa de tela que llevaba atada a una de sus muñecas, asomaba una hogaza de pan y un trozo de queso.

- Venga, paremos un rato y almorcemos. –Dijo el maestre sentándose en el suelo mientras apoyaba la espalda en la fría roca del pozo. –Creo que hasta el Señor entenderá nuestra parada. Vamos Andreu, -Señaló al chico con la mitad del pan en la mano. – sírvete tú primero, que te hará más falta que a José. No tienes a una bella moza esperando en casa con la que poder gastar las energías tras un día de arduo trabajo…

Las carcajadas de José ruborizaron a Andreu por un momento, que con una sonrisa reprimida cogió la hogaza de pan, comenzó a cortar un generoso trozo de queso que a continuación ofreció a su maestro y a su compañero José y hasta que estos no se hubieron metido en la boca el primer bocado, él no empezó a devorar los manjares. Otro gesto le habría parecido descortés por su parte.

Pasaron veinte minutos, muchas risas y un pequeño pellejo de piel lleno de vino dulce con clavo, hasta que los tres profesionales comenzaron de nuevo a trabajar. Eran casi las cuatro de la tarde, y Andreu sabía que el trabajo que iban a realizar necesitaba del más profundo silencio y la mayor profesionalidad posible. A ojos de muchos aldeanos, lo que estaban a punto de hacer no era más que un acto de superchería, pero él sabía que no estaban del todo locos haciendo lo que hacían.

jueves, 1 de abril de 2010

Descendientes de la penumbra. Final

La mano que atenazaba su cuello y estaba a punto de rompérselo, ya no era tal cosa, sino una enorme zarpa llena de pelo negro, acabada en cinco puntiagudas garras que se le clavaban en la nuca y la garganta.
El cuerpo de de Roses había al menos duplicado su tamaño y estatura, y ahora medía casi dos metros de alto. Su cara era aterradora, mitad lobo, mitad hombre, si es que conservaba algo de hombre aquel cuerpo lleno de espeso pelo negro.
Pero para Nicte, lo peor eran sus ojos. Unos ojos anaranjados que la miraban con la furia de la bestia que habitaba en el interior de aquel ser, y que reflejaban el instinto animal y asesino del cazador que tiene a su presa a su merced.
La garra de aquel que respondía al nombre de Gabriel, ejerció mas presión al cuello de la chica, hasta que esta dejó de patalear, mas por el miedo que atenazaba su cuerpo, que por la muerteque sabía que le llegaría en unos instantes.
La bestia abrió sus fauces, y en vez de una voz, un sonido gutural arremetió contra su cara. Un rugido, como el aullido de un lobo, pero con cierto toque de humanidad. En ese instante, en el interior de la cabeza de Nicte resonaron unas palabras:
-Esta será la última vez que intentas unir el nombre de Serafín con el apeliido de mi familia. Ahora, muere.
Con una brutal dentellada, las fauces de aquel demonio peludo, se cerraron sobre el cuello y el torso de la chica, salpicándolo todo de sangre carmesí. El cuerpo mutilado calló al suelo con un ruido sordo y húmedo, y el Licántropo escupió con una mueca de asco la cabeza contra el suelo de la calle Alcalá.
Echando un último vistazo al espectáculo que él solo había organizado, Gabriel oyó a lo lejos las sirenas de la policía que llegaban desde la zona de la Plaza de Ventas. Mañana tendrían mucho trabajo los periódicos.
El cadáver de Ovidio comenzó a humear, y de repente el de los otros tres matones y la chica, comenzaron a convertirse en cenizas, hasta que al cabo de unos segundos, tan solo quedaban los restos de un cenicero del tamaño de un cubo de basura, un cadáver de un joven latino tirado en la acera, y litros y litros de sangre manchando la acera y la calzada de la céntrica avenida madrileña.
Para cuando la policía llegó al lugar de la llamada anónima, Gabriel ya estaba muy lejos de allí sentado en alguna azotea madrileña.

Unos minutos después, desde lo alto de una suite de lujo, sentado en un sillón de cuero marrón, en un hotel frente a la fuente del Dios Poseidón en el Paseo del Prado, un hombre de avanzada edad, degustaba con desdén un ajado vaso de whisky mientras observaba por la ventana la orgía de luces rojas y azules que se entremezclaban en la calle con los ruidos de las sirenas de policía. Las arrugas del caballero, no mostraban la verdadera edad de este, ni las miles de batallas que sus huesos habían librado en el pasado.
Apuró el último trago que no desaprovechó en degustar, y con ayuda de su bastón de bambú negro y empuñadura de jade verde en forma de luna, se incorporó de su asiento y se encaminó hacia su cama. Con un gesto de cansancio, arrojó un móvil de última generación contra la mesa de cristal de Viena, y desapareciendo en la penumbra de la suite, intenta olvidar los últimos años de su vida.
La habitación, solo ve rota su desgarradora oscuridad por culpa de la iluminación de la pantalla de aquel móvil, que aun sigue encendido sobre la mesa que preside la suite presidencial del Hotel Palace.Un último mensaje, inunda con letras digitales el cristal de cuarzo del terminal:

-Padre, estés donde estés, te encontraré y acabaré con tu vida. Palabra de de Roses.Te lo juro. Te encontraré y acabaré con tu vida, como tú acabaste con la de Elsa.

Descendientes de la penumbra. Parte 4

El cuerpo del vampiro ya no aguantaría mas. Los espasmos musculares habían dado paso a las crisis respiratorias. El cerebro necesitaba una sangre que el corazón no podía bombear.
Con la tranquilidad del que asesina tan a diario como se cambia de ropa, Gabriel cogió con su mano derecha el hombro izquierdo de Ovidio, sujetándole fuertemente, mientras con la otra, tiró de la espada hacia sí, no sin antes ahuecar la hoja en la madera, moviendo la empuñadura hacia los lados para facilitar a la punta su salida de la puerta. Apretó los músculos, y la madera se abrió, liberando la hoja de acero, y el esternón del vampiro, que ya sin fuerzas, cayó de rodillas al suelo, mientras con las manos en la acera, intentaba evitar topar con la cabeza contra el mismo.
- ¡Jjj..jaj...ja..ja!- Ovidio comenzó a reir, mientras la tos se intercalaba entre sus carcajadas, que mas parecían las de un loco que las de un moribundo.- ¿De verdad amabas a mi hermana?- Un brote de tos, volvió a aflorar en su garganta.-Fué una elección desa...desafortunada...¿No crees?-Prosiguió a duras penas. Casi no podía articular palabra.-¡Menuda puntería!¡Jajajajajaja!¿Pero sabes una cosa?¡ Nosotros no la matamos.!¡ El asesino fu...eghhh!
El llanto de un silbido sesgó el aire con un sonido demencial, mientras un ruido sordo, evidenciaba que el cuerpo de Ovidio por fin se había postrado en las baldosas de la acera. El cuerpo del vampiro, sobre un charco de sangre enorme, se encontraba separado de la cabeza, que apoyada sobre la oreja izquierda, sonreia con una mueca dantesca debido al corte provocado por la Katana de Gabriel, que le había seccionado por entre medias de la mandíbula, dejando la inferior junto con el cuerpo mutilado. Sus ojos, no mostraban ningún atisbo de sonrisa, sino de sorpresa. El golpe había sido certero, dejando en el aire la palabra que estaba a punto de salir de la boca del individuo. Solo que Gabriel, ya sabía la continuación de la misma.
Cuando se disponía a limpiar la hoja de su espada, un grito a su espalda, le hizo girar el cuello.La chiquilla rubita, estaba parada allí, frente al espectáculo de sangre, semidesnuda, y con la camiseta ajustada a su cuerpo impregnada en una sangre roja y oxigenada. De su brazo derecho, sujeto por el cuello de su camiseta, colgaba uno de los muchachos que minutos antes disfrutaba con el improvisado juego de manso al que ella le había invitado. Su cuello estaba partido y un reguero de sangre brotaba de su garganta.
-¡ Maldito seas!-Gritó ferozmente la muchacha, mostrando sus afilados colmillos a Gabriel-¡Ojalá te pudras y ardas en el Infierno!- La muchacha estaba desatada por la locura. El que ahora yacía en el suelo, con la cara seccionada desde la boca, debía ser algo así como su amigo especial, por llamarlo e alguna manera.
-Yo tambien te quiero Blanquita- Contestó Gabriel con una burla en sus palabras.
-¡Yo te maldigo cazavampiros! Te maldigo a tí y a toda la sarta de asesinos de tu gremio- La chica chillaba como una loca, mientras intentaba contener el llanto, pero los sentimientos son traicioneros, y una lágrima de sangre ya mojaba una de sus mejillas de camino a la comisura de sus labios.-¡Te deseo todo el mal que has traido a mi estirpe, a tí y a aquella que te tuvo en sus entrañas!
Gabriel, sin hacer mucho caso a la provocación de la vampira, terminó de envainar su katana, y con un elegante movimiento comenzó a caminar hacia la estación de metro, dando la espalda a la chiquilla, y cogiendo en el camino su preciada levita.
La chica soltó a su presa, muerta desde hacía un buen rato, y dio un par de pasos al frente, molesta por la actitud de aquel asesino de vampiros, ignorándola como si fuese una sucia rata.
-¿Me oyes cazavampiros?¡Os maldigo una y mil veces, a ti y a tu padre! ¿Como era...? Ah si...los de Roses. Pues con la sangre que contiene mi cuerpo, bendecida con el Don Oscuro, para los hijos de la Noche, y que me fue dada por la familia Paganum- La chica sacó una daga idéntica a las de los cuatro agresores que se encontraban desparramados en la acera, y comenzó a marcarse en el antebrazo, donde tenía tatuado un corazón de color negro, símbolo de que de verdad perenecía a la familia Paganum. Empezó a rodear con la punta de su daga el tatuaje, mientras unas palabras en latín salían de sus labios lo suficientemente bajo, que a Gabriel no le llegaron a sus oidos.-Yo, Nicte Paganum, maldigo hasta el fin de sus días, a Gabriel de Roses, hijo de...
La frase se cortó en seco, igual que hacía unos instantes. La chica no llegó a ser consciente de lo que había ocurrido. En un tiempo imposible de contar con medios humanos, el hombre frente a ella había recorrido los casi ocho metro que les separaaaban y había sido capaz de alcanzarla sujetándola por el cuello, levantándola a casi medio metro del suelo.
Pataleando y casi sin respiración, la joven miró a su atacante y entonces lo comprendió todo. Comprendió por qué aquel joven de dulces movimientos y aspecto inofensivo, había sido capaz de sesgar la vida de tantos de los suyos.

Descendientes de la penumbra. Parte 3

Pero todo estaba ya escrito, y aquel que se acababa de despojar de la prenda de cuero, ya había ganado la partida a sus agresores desde el mismo momento en el que se vió rodeado. De nuevo, rápido como el viento y mientras el cuerpo de su agresor volaba hacia él con decidida intención, el sonido del metal al frotar sobre el metal, cambió la cara del agresor en el aire, y no pudo evitar lo que ocurrió a continuación. Con un zumbido indescriptible, un charco de sangre embadurnó a Gabriel, y frente a sus pies, caia el cuerpo sin vida de su tercera víctima, que , en el aire, le fue imposible cambiar el rumbo, y ahora se encontraba en el suelo, tendido boca arrib, con un tajo en el pecho y la cabeza separada de su cuello. Ya sólo quedaba uno de ellos, porque el segundo había sido atravesado desde la sien derecha por la daga del decapitado, al no poder evitar el nuevo movimiento milimetrado del cuerpo de Gabriel.
El cuerto en discordia, ya a la desesperada al haber sido esquivado por dos veces, se abalanzó sobre Gabriel, pero sin entender el por qué, su pecho se lo impidió al chocar sobre algo duro. Intentó avanzar pero no podía. Miró hacia abajo, y vió como un charco de sangre mojaba sus piernas, originado por la enorme incisión localizada en su torso. Su tórax estaba atravesado por la Katana negra de Gabriel, que a su vez, estaba clavada en la puerta de madera de un bas de la acera. Cómo había hecho todo aquello sin que él lo viese, nunca lo entendería, pero allí estaba empalado, frente a alguien que se movía rápido como un demonio, y perdiendo toda la sangre que llenaba su preciado cuerpo.

-¿No te parece curioso su nombre?- Comenzó a hablar Gabriel con una sonrisa, mientras su cuerpo se acercaba al desgraciado alli empalado, y limpiándose con un pañuelo blanco las manchas de sangre de su cara.
-¡Vete al Infierno!-Gritó el empalado, mientras con su mano derecha sujetaba firmemete la daga de blanca empuñadura-¿Qué nombre?
Chillaba como un chiquillo asustado, mientras su boca y su blanca dentadura se iba tornando poco a poco color carmesí.
-Se llama La Sentencia-contestó Gabriel, mientras le cogía del cuello- El Bar de copas en el que estás clavado, se llama La Sentencia. Irónico verdad. Que gracioso es el léxico castellano. Vas a morir a las puertas de La Sentencia, que por supuesto, yo mismo te expenderé.
Con la sangre fría de la experiencia acumulada, y sin soltar su cuello, con la otra mano cogió la daga de el antes agresor, pero este se resistió, forcejeando con él. Soltó su cuello, y le asestó un brutal cabezazo que obligó al dolorido contrincante a ahogar un grito y echar la cabeza hacia atrás. Gabriel, con las dos manos libres ahora, sujetó la mano derecha que se aferraba al puñal y se la pegó al hombro izquierdo. Le quitó con la otra mano el arma, y con una tranquilidad de cirujano, atravesó con la misma, la mano y el hombro del apaleado, muy despacio, cercirándose del dolor de este.
-¡Hijo de puta, desgraciado!- Chillaba este de dolor-¡Soy Ovidio, Hijo de Julio Paganum!¡No sabes lo que estás haciendo! Verás cuando en cuestión de minutos aparezca aquí con sus hombres, lamentarás haber nacido!
El dolor de la espada en su pecho, no era nada comparado con el dolor de su mano, que le subía por la espalda, atenazándole la mismísima médula espinal.
Gabriel rió, de una manera maliciosa, mientras miraba al autoproclamado Ovidio. Apoyó su mano sobre el hombro aun sano de este y comenzó a reir a caracajada limpia. Tres golpes secos, originados por los puños de Gabriel, impactaron contra la cara del sangrante, parando en seco los gritos de su víctima.
-¿Tu padre? ¿El viejo Julio?...je...jejeje-Comenzó a reir de nuevo Gabriel- ¿El mismo Julio Paganum que vive en Conde Orgaz, en esa mansión lujosa digna de jugadores de fútbol?¿La misma que a la entrada tiene tres matones de trajes negros, y otros tres dand vueltas por la casa ataviados con la misma ropa que los de fuera y con sendas ametralladoras colgando de sus hombros? Mmmm...me parece que no van a poder venir a socorrerte. Al no ser que hayan encontrado la manera de volver del Averno. Más que nada, porque la solución de ácido que les he aplicado a sus cuerpos, no es que sea muy alentadora para lo que propones...¿Sabes?- Seguía deleitandose Gabriel- Creo que debe ser horrible saber que te estás muriendo, y que no puedes hacer nada por evitarlo. Más o menos como te pasa a tí...
La cara de Ovidio, a medida que iba escuchando las palabras de su interlocutor, se fue tornando de un pálido extremo, casi cerúleo.
-Nnn...no puede ser...me... me estás engañando. En la mansión al menos habían diez hombres, y eso si contar con mi padre...no te creo...es... es imposible que hayas acabado con ellos tú solo. -La cara de Ovidio cada vez mostraba mas rabia, mas odio, y se reflejaba en el grosor de las venas de su sien derecha, y en el color que estaban tomando sus ojos, inyectándose en sangre mientras miraba al objetivo de sus blasfemias- Es imposible que hayas acabado con ellos tú solo- Terminó Ovidio, mientras su tono y su voz, bajaban al menos dos octavas de volumen.
Gabriel levantó la vista, y miró a los ojos de Ovidio fijamente.
-¿Sabes? Es irónico. E insultante a la vez, si me lo permites.- Indicó Gabriel- Después de tanto tiempopresumiendo de la inmortalidad de vuestro apellido, mañana, a estas horas, el único miembro de vuestra familia que permanecerá inmortal hasta el día del Juicio Final, será Elsa, tu hermana. Una paradoja, si no ignoramos el hecho de que ella, era la única no vampira de la familia. ¿Y sabes por qué? Porque mientras ella descansa desde hace veinte años bajo tierra y con una losa cincelada con la fecha de su muerte, vosotros seréis extinguidos de la Historia por mis manos. Ella será inmortal en el tiempo, porque su nombre seguirá allí, esculpido en la piedra de su losa durante eones, y vosotros y todo lo que os concierne a tí y a tu apellido, desapareceréis como si nunca hubieseis existido.
- No puede ser...-Interrumpió Ovidio a aquel hombre corpulento que se encontraba a escasos centímetros de su rostro- Eres...eres Gabriel. Gabriel de Roses...Pero...entonces...¿esa es la razón por la que has aniquiado nuestra Estirpe?
El cuerpo del vampiro comenzó a sufrir convulsiones mientras la herida del pecho sangraba cada vez mas abundantemente.
-Vaya. Veo que me conoces, señor-importante-de-la-familia-Paganum.Pues si es así, no hace falta que sigamos mas tiempo con esto. Ya sabes cual es la razón de tu muerte. Expía tus pecados porque este es el último aliento de vida que te regala Gabriel de Roses- Giró sobre sí mismo y comenzó a andar hacia uno de los cadáveres que estaban en el suelo.
Además-Prosiguió Gabriel- Debe de estar a punto de llegar la policía. Seguramente tu amiga la rubita ya ha bedido alertarlos...
Ovidio comezó a agitarse, en un vago intento de deshacerse de la katana que habitaba en su pecho, pero le era imposible. Estaba encayada desde la empuñadura. El hombre que estaba frente a él, era mas fuerte de lo que pensaba, y le había incrustado el arma, hasta el mango.
-¿Por qué lo haces?¿Por qué nos eliminas? -Decía el empalado casi llorando, a la desesperada, y olvidando por completo el ego que carazterizaba a los de su estirpe.
-Lo hago porque me dais asco, tú y los de tu especie. Todos y cada uno de los que son como tú. Vosotros sois los causantes de la muerte de tu hermana, por ello acabaré hasta con el último de los tuyos si es necesario, para vengar su muerte.

Descendientes de la penumbra. Parte 2

A parte del apestoso olor que exhudaban aquellos chicos, había algo que no cuadraba en aquel escenario. Mientras que los dos chicos olían fuertemente a sudor y tabaco, dos de las chicas desprendían un fuerte aroma como al formol, a clínica. Posíblemente, se trataba de que no solo alcohol era lo que habían estado tomando antes de salir del garito en el que se habían conocido, sino que tambien habían compartido alguna droga.
Cuando el contacto era ya irremediable, y les separaba tan solo un metro de aquel personaje disfrazado de cantante de heavy, Gabriel abrió los ojos,y buscó con su mirada el detalle que había acelerado su pulso. En respuesta a ello, encontró el dorado cabello de una de las tres jóvenes, la única que no olía ni a alcohol ni a droga. Su cara era tan feliz como la de los otros cuatro jóvenes. Sus manos tenían los mismos objetivos que los de las otras chicas, y de vez en cuando encontraba la recompensa de del miembro duro y varonil de alguno de los chicos a los que acompañaba.
Ella era española, rubia casi platino, y su tez era tan blanca como la leche. Sus cejas perfectamente perfiladas y sus pecas estratégicamente colocadas bajo sus enormes ojos azules, hacían que su rostro fuera mas lindo de lo que cualqier hombre podría soportar.
Cuando por fin se cruzaron, el grupo de chiquillos dejó de jugar al juego de las manos, y pasaron frente a Gabriel, mientras disimulaban su extrema excitación. En el último instante de su cruce, la chica rubia miró a Gabriel y le sonrió, mostrando unos perfectos dientes blancos nacarados, bajo los carnosos labios que coronaban su dulce mandíbula.
Un escalofrío recorrió la espalda de Gabriel, mientras su mente viajaba veinte años atrás.

Estaba en el Parque del Retiro, tumbado en el césped admirando la belleza de las rosas que le rodeaban. El aroma de las flores le embriagaba, y le recordaba a su infancia en la mansión de la familia, cuando por las mañanas acompañaba a su madre a podar los rosales.A su lado, y tumbada como él, se encontraba Elsa, una diosa rubia de ojos azules, con a que alía desde hacía escasos tres meses. Era poco tiempo, pero la amaba. Desde el principio lo supo. Nunca encontraría una mujer como Elsa. Bonita, inteligente, cariñosa, atenta...y lo que era mejor, enamorada de Gabriel.
De repente, mientras todos sus sentidos se esforzaban por captar en su plenitud el dulce aroma de las rosas,la blanca luna se tornó roja.
Roja, de la sangre de una víctima inocente. Todo ocurrió en un suspiro. A Gabriel tan solo le dio tiempo a escuchar el débil silbido del metal cortando el ambiente, y el chocar de dicho acero contra el cuello de su amada.
Todo fue en un abrir y cerrar de ojos. Intentó levantarse de un salto, con la cara salpicada de la sangre de Elsa, cuando un golpe sordo contra su frente, volvió a tumbarle boca arriba, saludando a las estrellas que tantas veces había admirado junto a su doncella.

Hoy, veinte años después, no sabía quien era el brazo ejecutor del asesinato de su amada, pero si sabía a ciencia cierta quien habia ordenado su muerte. Aun sonaban en su mente las palabras de aquel desalmado sin rostro, que sin mediar palabra, había sesgado la vida de dos amantes y caminaba despreocupado sobre la grava del camino junto al céped, dirigiendose fuera del Retiro.
-Debías haberlo sabido. Serafín te lo advirtió.

Con lágrimas en los ojos, Gabriel seguía su camino hacia Las Ventas, ensimismado en sus propios recuerdos y masticando con desánimo el plástico del cigarrillo que adornaba su boca. No había llegado aun a la boca de metro de El Carmen, cuando se percató de lo que sucedía.
En el breve espacio de tiempo en el que alguien respira y expulsa el aire por la boca, cuatro personas habían rodeado a Gabriel en la soledad de la avenida. En apariencia, todos eran mas fuertes que él, y además, como hacía unos instantes, ninguno aolía absolutamente a nada. Ningún aroma se desprendía de sus ropajes, demasiado ligeros para la estación en la que se encontraban. Todos, mas corpulentos que él, portaban en alguna de sus manos una daga idéntica, aguda y afilada, y con una empuñadura de color blanco, en la que se veía un corazón de color negro que servía de decoración e identificaba a los agresores como miembros de un mismo grupo o clan.
El mas grande de ellos, un tipo de apariencia asiática, dio la señal de comienzo del ataque. En un abrir y cerrar de ojos, los cuatro sujetos se abalanzaban con pasión hacia el cuerpo de Gabriel. El asiático, era el que encabezaba el ataque, y se acercaba a Gabriel por detrás practicamente a la vez que el que se encontraba a su derecha. Los otros dos, aunque tambien habían comenzado el suyo, habían tardado un poco mas en reaccionar por lo que Gabriel ya había medido la distancia respecto a los cuatro.
Aquel tipo oriental, atacó descaradamente con el puñal por delante de su cara y el brazo estirado hacia el cuello de Gabriel, mientras que el otro de la derecha, sin un objetivo fijo, se le intentó echar encima.
Con un movimiento salido de cualquier película de artes marciales, giró su pie derecho unos centímetros y con las piernas flexionadas unos milímetros, atrapó la mano que sujetaba el cuchillo del gorila de su espalda. Suavemente, mientras la daga silbaba junto a su oreja izquierda, y sujetando fuertemente el brazo de su contrincante, aprovechó la propia inercia de éste y giró sobre sí mismo arrastrando al gorila con él. El puñal de su mano fue a parar al ojo derecho del agresor que iba buscando su espalda, propiciando así un ruido como de succión al sentir como la cavidad ocular explotaba al contactar con la punta del arma.
El movimiento de Gabriel, perfecto y milimetrado, había dejado KO a uno de los agresores, y su postura, primorosa desde todos los ángulos, le estaba dando la ventaja que buscaba, ya que al girar sobre sí mismo, había conseguido esquivar el segundo cuchillo, que ahora se encontraba situado junto a su cuello y su hombro, y la mano que le quedaba libre, agarraba con fuerxa la muñeca del sorprendido tipejo que había comenzado su ataque por la espalda. Si soltarle la muñeca, volvió a girar sobre sí mismo, y su levita comenzó a volar por los aires, en un efecto fantasmagórico, como si fuese afrcida a la Madre Noche.
Los otros dos, lejos de sorprenderse por la rápida actuación de aquel al que querían matar, ya habían iniciado su estrategia, antes incluso de que Gabriel hubiera siquiera inmovilizado a los dos primeros. Por ello, uno ya estaba en el aire con la daga frente a su cuerpo, y apuntando con el brazo extendido hacia su solitaria víctima.

Descendientes de la Penumbra. Parte 1

Gabriel de Roses caminaba lento pero seguro por las calles de Madrid. Su aspecto, lejos de ser discreto, no pasaba desapercibido para nadie, a pesar de los esfuerzos de este por remediarlo. Mientras caminaba en línea recta por la calle de Alcalá, el viento mecía primorosamente la parte inferior de la levita de cuero negro, larga hasta los tobillos, y marcada en la espalda con una enorme cruz de Santiago, emblema e insignia de su familia tras casi veinticinco generaciones.
A través de sus gafas de sol, negras como la misma oscuridad, podía ver perfectamente como la luna resplandecía fulgurante y presidía el cielo nocturno de la sucia capital española.
Eran ya las tres de la madrugada, y desde el cruce con Arturo Soria, comúnmente conocido por los madrileños por La cruz de los Caidos, hasta donde se encontraba ahora él, la plaza de Quintana, aun no se había cruzado con nadie, síntoma inequívoco de la decadencia a la que se encontraba advocada la ciudad.
Decenas de neones se reflejaban en el cristal de sus gafas polarizadas, mientras su melena rubia, recogida con una goma de color negro, refulgía destellos de colores por culpa de las luces de los solitarios vehículos que subían por la estrecha avenida.
Odiaba el turno de noche, aunque a decir verdad, nunca había trabajado en otro. Su trabajo era como el de los basureros o los barrenderos, sufrido, necesario, de vital importancia, pero a su vez, poco agradecido.
Llevaba ya casi tres años en él, y la verdad era que cada vez le gustaba mas el oficio. Muy pocas personas en el mundo se ganaban la vida como él, y para ser honesto, él era el mejor en el viejo continente desempeñándolo. Era el mejor de todo el Gremio Unido Europeo.
Caminaba decidido, mientras una mano jugueteaba en el bolsillo con unas monedas de bronce, otra acariciaba con desdén la boquilla de plástico de un cigarrillo de pega. Lo estaba intentando dejar, pero le estaba costando Dios y ayuda. Había probado ya todo, parches, chicles, acupuntura, hipnotismo, regresiones...pero había sido imposible. Había tirado por la calle de en medio, y había utilizado el método mas sencillo:
dejar de comprar.
Levantó la vista, y sus ojos verdes situados tras las gafas Ray-ban, localizaron a escasos ciento diez metros, a un grupo de jóvenes acercándose a paso lento por la misma acera por la que circulaba él, en sentido contrario.
Eran cinco, tres chicas y dos chicos. Ninguno de ellos pasaba la veintena, aunque sus manos jugasen a lo contrario. Desde la distancia de noventa metros que ahora mismo les separaban, Gabriel podía discernir como los chicos, de origen sudaméricano, manoseaban a las chicas por encima de la escasa ropa que llevaban, mientras ellas les seguían el juego riéndose a caracajadas.
A escasos cincuenta metros, su agudo olfato, percibió el dulce aroma del alcohol. Si pudiese apostarse consigo mismo treinta euros, juraría que era vodka, lo que los muchachos portaban en una de sus manos libres de carne femenina.
En el trabajo de Gabriel, habían tres cosas indispensables: Manejar con soltura las distancias, percibir los aromas de todo lo que te rodea y lo mas importante, templar los nervios como el acero japonés. Por suerte para él, iba sobrado de las tres cosas.
Sin inmutarse, aun sabiendo que le separaban tan solo treinta metros del grupo de amigos, se paró en seco, cerró los ojos, y con ayuda de su pierna derecha flexionada y su espalda, apoyó su cuerpo sobre la superficie acristalada de un escaparate de ropa juvenil situado en la misma acera.
Doce metros tan solo, era lo que quedaba para que aquella orgía de feromonas se cruzara con Gabriel, mientras é seguía allí esperando, fingiendo no tener nada mejor que hacer. Fue entonces cuando algo le llamó la atención, provocando que su corazón latiera mas deprisa, siete u ocho pulsaciones por encima de lo habitual.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Aroma de violetas


La oscuridad le envuelve. No ve nada. Sus ojos están tapados con una cinta negra. Intenta mover sus brazos y sus piernas, pero es como luchar contra el abrazo de un gigante. El que ha hecho el trabajo, lo ha hecho perfectamente, a conciencia, y él lo sabe. Escucha gente a su alrededor, murmurando, pero no alcanza a oir lo que dicen. No son muchos. Tres, a lo sumo cuatro. Todos calzan zapatos caros, lo sabe por el sonido de las suelas al chocar contra el parquet. Su olfato percibe mas bien poco. La limpieza de la habitación es perfecta. Podría jurar que huele a antiséptico o a medicamento, como en los hospitales.

El asiento en el que se encuentra, no es duro, pero tampoo es blando. Parece acolchado, pero lo que está claro es que no fue fabricado para dar comodidad al que lo usara, ya que la base de su espalda lleva ya un rato quejándose con fuerza.

Mas pasos. Ahora de un hombre menudo, quizá ya mayor. Sus zancadas son mas cortas, y arrastra los pies. Está perfumado, huele como a violetas.

Echa su mente hacia el pasado, a cuando era un niño, y recuerda que el párroco de la Iglesia donde siempre iba su madre, siempre decía que el mal olía a viletas. Que el demonio olía a violetas. - ¿Será un mal presagio?- Piensa.

Uno de los hombres que le rodea, se acerca a él y le dice algo al oido, pero él no oye nada, su mente está en otro sitio. Lejos de aquí.
Está en un prado verde. En lo alto de una montaña y rodeado de flores. Su cerebro le envia a sus fosas nasales el aroma de la hierba fresca.
Siente como le tocan la cabeza, con suavidad, casi como una madre cuando peina a su hijo antes de ir a la escuela. Nota cómo un frío líquido le hace cosquillas en la coronilla, y baja suvemente por su oreja izquierda. El roce del líquido por el cuello, le pone la carne de gallina, y eriza todo su vello corporal.

Ha llegado el momento. Está preparado.
Vuelve donde está su cuerpo, y agudiza con miedo sus sentidos. Un silencio sepulcral envuelve la sala en la que se encuentra. Ya no oye el arrastrar de los pies de quienes le rodeaban, tan solo un zumbido contínuo, escalofriante, que hace que de nuevo se le erice la piel de los brazos.

Nota como unos dedos se introducen en su boca. Él forcejea, intenta escupir lo que sea que le estén metiendo en la boca, pero la fuerza es inútil. Su boca está empapada en un líquido fresco, pero con algo sólido que le impide juntar las mandíbulas. Su sabor es como el del algodón. Neutro, pero a la vez fresco y agradable.

Otra vez ese olor a violetas.

El zumbido comienza a aumentar en intensidad, hasta que de repente, un estallido recorre su espina dorsal, y es entonces cuando su mente abandona su cuerpo, y se ve a si mismo allí abajo, sentado, debatiendose por soltarse de las correas que le tienen atenazado al trono de sufrimiento al que le han condenado.

Observa como su cuerpo, vestido con un mono de color naranja, no hace más que temblar. Sus ojos están tapados con una cinta negra, pero ve como dos hilillos de sangre comienzan a recorrer sus mejillas y a chorrear por la base de sus mandíbulas. Las manos, delgadas, se agarran con fuerza a los brazos del asiento, mientras sus piernas no paran de dar patadas infructuosas, al verse paradas por el efecto de los correajes.

De repente, deja de moverse, y su cabeza cae a plomo hacia abajo, descansando sobre su pecho, dejando entrever unas feas manchas de sangre en la zona del cuello. Su mente, como si fuera un imán atraido por el polo magnético de la Tierra, se ve empujada de nuevo hacia el interior del cuerpo que ha ocupado durante toda su vida.

Lucha por respirar. Nota como le chorrea la cara. No nota sus ojos, tan solo un calor espantoso en la zona, como si miles de cerillas estuvieran encendidas dentro de sus cuencas oculares. Sus manos tiemblan como locas, atenazadas por una vibraación que no puede controlar. El pecho le arde. Sube y baja de manera desenfrenada, debatiéndose por arrancar cada partícula de oxígeno de la que esté impregnado el aire.

Alguien se acerca a él, y nota como le pone dos dedos en el cuello. Pasan unos segundos y de repente vuelve a pasar. Su mente se despoja de su envoltorio y vuelve a salir de su cuerpo. Esta vez se ve mas pequeño, a mas distancia. Todo lo que oye, es muy lejano, como un eco en una cueva profunda.

Ve como su cuerpo no para de temblar. Lucha por aferrase a la silla,mientras a su vez sus brazos y sus piernas forcejean para escaparse del abrazo de la muerte.

El zumbido es ensordecedor. Aun puede oirlo, pero ya no nota que se le erice el vello de la nuca.

El olor a violetas inunda toda la habitación. Ya no huele el perfume de sus verdugos, ni la lejía de la habitación. Solo las violetas. Miles y miles de violetas le envuelven, como si se concentraran todas alrededor de él.

Vuelve a prestar atención a su cuerpo. Su cabeza no para de dar golpes al cabecero de la silla. Le llama la atención el pelo. Cada vez se va rizando más, hasta que de pronto comienza a arder. El cuerpo que hace unos minutos habitaba, se ha convertido en una antorcha, pero a él, lo que mas le sorprende, es que le da igual. Ahora está muy por encima de eso.

Se mira su nuevo pecho, el intangible, el onírico. Un hilo de plata extremadamente fino sale desde el centro mismo de su torso, y desciende hasta posarse en el pecho del hombre al que antes pertenecía la mirada que ahora observa todo desde arriba. Está aun conectado a su cuerpo.

Un hombre vestido con uniforme azul, rocía su cabeza con el líquido de un extintor, acabando con las llamas en cuestión de segundos. Se acerca otro hombre ataviado con bata blanca, posa dos de sus dedos en su cuerpo. Despues de unos segundos, hace una señal a un tercero, y este sube una manivela, que hace que deje de sonar ese zumbido infernal.

Todo se ha acabado, al menos para el que fue su cuerpo.

Sigue oliendo a violetas.

Mientras sus nuevos ojos se posan en la escena que ocurre bajo la entidad que es ahora, nota como todo se oscurece de repente. El vacío se torna negro.

Percibe cómo algo le coge del brazo y le empuja hacia abajo, pero no puede ver nada.

Las violetas se han internado hasta lo mas profundo de su alma. No puede hacer salir ese nauseabundo olor, y piensa que si estuviera aun vivo, habría roto a vomitar.

Lo que a continuación ve, es algo que nunca habría podido explicar con la lengua de la que estaba dotado en vida. Aquella visión, le hizo de nuevo recordar al párroco de su pueblo.

Un ser, de aspecto infernal, se encuentra frente a él parado y observándole fijamente. Su cuerpo, completamente carbonizado, no es humano, o al menos no su parte inferior. Unas patas parecidas a las de un carnero o a las de un macho cabrío, fuertes, musculosas, pero llenas de calvas y de pelo chamuscado se asoman bajo su cintura esculpida en músculos de acero y coronada con un enorme miembro rodeado de vello negro y rizado.

Su piel, roja como la sangre, está llena de quemaduras y en la espalda, dos enormes alas, negras como la noche en las que en muchas zonas se le ve la carne, que también está cauterizada por el fuego.

Pero lo peor es su rostro. Un rostro perfecto, precioso. Cabello rubio, pómulos altos, barbilla rectángular y pequeña nariz. Si hubiera sido humano, habría sido el ser más hermoso que pisara la tierra. Pero no era humano. Los ojos de aquel ángel le decían que no, que no era humano. Unos ojos negros como un pozo, llenos de odio y de amargura le miraban, haciendo que sus mas obscenos pensamientos se encontraran a merced de su mirada.

Cuando aquella figura comenzó a hablar, le mostró unos dientes afilados, amenazadores como los de la bestia que era.

Y mientras tanto, aquel olor a violetas. Esa flor de entierro. No, no era olor a flores, era olor a muerte, a putrefacción. A odio y a amargura. A lujuria y envidia. A